Esto son dos tios que se van a dar una vuelta a lo que viene siendo... el mundo.
Despues del impactante best-seller, llega... EL FLIM!!!
http://www.youtube.com/watch?v=sRAlsMdghd0
¿Has soñado alguna vez con dejarlo todo y partir en busca de aventura alrededor del mundo? Esta es la historia de dos amigos que emprenden un disparatado viaje hacia el Este con intención de regresar, si Colón estaba en lo cierto y no caen en el abismo, por el Oeste. El hallazgo de otras vidas posibles en un libro que podría hundir a las touroperadoras. Esta es la historia de la vuelta al mundo.
EL LIBRO DE 'EL MUNDO DADO LA VUELTA', con todos los reportes retocados, aumentados, ilustrados y... Corregidos!!!
Si Señor, los reportes tenían eñe!!!
Ya a la venta en la siguiente dirección:
http://stores.lulu.com/yoluiso
Dicen que después de un gran viaje uno tiene la sensación de que el mundo se ha hecho más pequeño.
Hemos completado la vuelta al planeta y recorrido para ello casi sesenta mil kilómetros en tren, avión, coche, autobús, barcaza, ferry, taxi, camioneta, furgoneta, lancha a motor, tuc-tuc, kayak, elefante, bicicleta y cuatro pares de suelas.
Lhasa, Queenstown, Chiang Mai o el Urulu. Muchos han sido los lugares que, por falta de tiempo o medios, se han quedado en el tintero del viaje y percibo que la sensación de satisfacción que al inicio pensaba tendría en este momento no es tal. Lejos de conocer el mundo, he caído en la cuenta de que queda un mundo por conocer.
Nos encontramos en la sala de llegadas del aeropuerto Madrid-Barajas y sé que al cruzar la puerta cruzaré también hacia una nueva etapa de mi vida. Quizá Confucio tenía razón y deba por fin sentar la cabeza o al menos dar síntomas de madurez. Tampoco olvido que en algún momento del periplo sentí por primera vez que la juventud empezaba a quedarse atrás, y aunque algunos digan que eso va con el espíritu yo creo que es un síntoma de algo. Tras esa puerta me espera un nuevo trabajo, nuevos compromisos, otra vida.
Respiro hondo y trato de desembarazarme de la melancolía aunque en el fondo sé que es la consecuencia de haber tenido la fortuna de vivir cada momento de este viaje sabiendo que el resto de mi vida añoraré el tiempo en que no tuvimos horarios, ni prisa ni hipoteca, presenciamos el mundo a través de los ojos de aquellos con quienes tropezamos y aprendimos a no quejarnos de la dureza del camino al descubrir que hay gente que avanza con los pies desnudos. Miro a Isra, el gran compañero, y descubro que él también está emocionado. Nos abrazamos sintiendo que juntos hemos superado un reto.
Y cruzo la puerta. Y en un instante me encuentro en los brazos de mis amigos, mi verdadero hogar, donde entre risas y emoción al fin comprendo que no es que el mundo se haya hecho más pequeño. Es que el viajar agranda.
Disimulando una lagrimilla nos despedimos junto al aeropuerto del Chrysler plateado, nuestro fiel compañero de viaje, y arrastrando los pies nos dispusimos a partir rumbo a nuestro último destino.

La gente que se queja de la comida de los aviones suele ser la misma que se queja cuando no se la dan. Yo, sin embargo, retiro siempre ilusionado el papel que cubre los recipientes, me admiro de que quepa tanta cosa en tan poco espacio y me quema la lengua el ansia de probar esos menús en miniatura en que se traduce la receta de un tamaño reducido y una ejemplar organización, elementos estos que por otra parte aparecen asimismo sabiamente combinados en la legendaria carrera del Bombero Torero.
Aunque parezca una contradicción, en el asiento de un avión suelo dormir a pierna suelta. Sin embargo, en esta ocasión no pegué ojo, lo que es perfectamente achacable tanto a la melancolía del retorno como al hecho de que por una vez no habíamos dedicado la noche anterior a recorrer bares como si nos fuese la vida en ello y habíamos dormido, muy al contrario, cual guardias de seguridad. Consagré por tanto el vuelo a la exploración de la pantalla del respaldo delantero sirviéndome de un mando que se extrae del posabrazos. Resulta que es un ordenador con el que uno puede escuchar las novedades discográficas, jugar a la consola, consultar el itinerario, ver películas de estreno o series de televisión y solo falta que te lleve a la verbena. Con todo ello aguantamos las más de diez horas de vuelo sin echar una cabezada y solo cerramos los ojos presos del cansancio en el preciso momento en que el avión se disponía a aterrizar.
Llovía en Londres pero no nos importó porque había dos soles en el aeropuerto. Esther y Laura, las dos Dulcineas de esta quijotesca historia, nos aguardaban con dos pancartas alusivas a aquella entrañable serie en la que un león se iba a dar la vuelta al mundo con un gato y un ratón y había una mona que era pantera o viceversa. A los muchos besos les siguió un largo trayecto en metro hasta llegar a nuestro destino, un discreto hostal ubicado sobre un típico pub inglés. Ellas nos dijeron que tenían muchos planes, que había un montón de cosas que hacer en Londres y que para empezar esa misma noche nos íbamos a ir de cena. Isra y yo, sin embargo, nos miramos y cada vio en el otro a autentico despojo. Era media tarde pero para nosotros era la mañana del día siguiente y el viaje nos había molido, por lo que tras la siesta ninguno de los dos pudo levantarse para la cena. Después de tanto tiempo de ausencia, otras quizá no nos hubiesen vuelto a dirigir la palabra ni pagándolas un crucero, pero como son dos fenómenas dijeron que nosotros nos lo perdíamos y se fueron a cenar las dos. Morfeo tocó la lira y dormí como un lirón.
Añorando parajes más exóticos y soleados, cumplimentamos Isra y yo nuestra visita a la capital inglesa acudiendo al Buckingham Palace, al Big Ben o al parlamento. También nos hicimos muchas fotos con guardias y cabinas de teléfono, algo que sería absurdo en cualquier otra ciudad y aún en Londres me plantea dudas.

Recorriendo el centro recordé con cariño aquellos tiempos en que echábamos de menos la presencia de algún compatriota y no nos teníamos que ver constantemente rodeados de castellanoparlantes que impiden la práctica nuestro ameno vicio de hablar de los presentes sin que estos se enteren. Pasamos ante la embajada de Malta y al portero le hicimos gestos que simbolizaban “12-1”. Su mirada de hastío y su forma de resoplar evidenciaban que no era la primera vez que lo veía. Definitivamente, Londres está lleno de españoles.
En una anterior estancia en la ciudad me habían cobrado una pasta por entrar en la catedral de Saint Paul, por lo que la visita al Museo Británico ni me la planteé. Pero toda vez que al llegar a España me enteré de que la entrada era gratis no podía ahora dejar pasar la ocasión de admirar la gran colección de antigüedades que esta gente, en singular aplicación del concepto de humor inglés, ha ido tomando prestada por el mundo.
Contemplamos lo queda del friso del Partenón, que no es mucho pero tampoco está mal si tenemos en cuenta que el edificio fue explotado turisticamente por los griegos y en sentido literal por los turcos, que lo usaban de polvorín.
El museo exhibe asimismo un gran número de porcelanas chinas, momias egipcias y esculturas de romanos borrachos de cáliz-mocho. Me gustó especialmente la Piedra de Rosetta, una roca de origen egipcio con diversos tipos de escritura y cuya importancia radica en que sirvió para descifrar los jeroglíficos, lo que me hace pensar que no me vendría mal algo parecido para entender los mensajes de texto que llegan a mi móvil.
A pesar de las protestas de la Visa fuimos también a conocer los almacenes Harrods, donde pensábamos hacer algunas compras. Después de un rato de búsqueda infructuosa divisé un tipo alto y espigado que, luciendo un elegante traje, revisaba la ropa de un mostrador. Me llegué hasta él y, después de saludarle, le dije que estaba buscando un gorro. El sujeto me miró parsimoniosamente y con evidente tono de desprecio me dijo: “Excelente. Yo estoy buscando calcetines”. Creo que es a eso a lo que llaman ‘flema inglesa’, expresión ésta que, quizás marcado por el contacto con las costumbres expectorantes chinas, me suscita manifiesta repugnancia.
De la afamada lluvia nos resguardamos los cuatro en un pub inglés donde degustamos cerveza belga, y así, en tan gratas compañías, fueron consumiéndose los últimos granos de arena en el reloj del viaje y llegó el tiempo de partir rumbo, no a un próximo destino, sino a casa.
Desperté y al abrir los ojos vi que un rostro me observaba a menos de un palmo de mi cara. Tenía un semblante serio y clavaba fijamente en mí una mirada estrábica. “Soy Judío”, dijo. No acostumbro yo a despertar desorientado pero en ese momento no tenía ni la más remota idea de donde estaba, que día era y, sobre todo, quien era el tipo aquel y cuanto tiempo llevaba observándome, por todo lo cual agradecí en parte que el susto inicial me hubiese estampado la nuca contra la pared facilitando de esa manera mi visión de conjunto. Tendría unos veinticinco años, traza de desequilibrado, un flequillo de los que no se ven por el mundo y debía ser efectivamente judío porque lucía en la camiseta una enorme estrella de David. “Que bien. Yo soy Luis”.
Bajando a desayunar fui saliendo de mi asombro y entrando en mis recuerdos. Estábamos en Santa Mónica. Habíamos llegado de noche y la mitad de las literas se encontraban ya ocupadas por roncantes bultos, uno de los cuales debía ser nuestro inquietante compañero de habitación. Al segundo café bajó Isra, quien había mantenido con aquel una breve conversación y estaba todavía conmocionado. “Está perturbado, Luis”, decía, “a mi me da mal rollo dormir con ese al lado”. Lo que son las cosas, después de lo que llevábamos andado y de toda la gente con la que habíamos compartido alojamiento, casi al final nos encontramos con esto. Yo intenté tranquilizarle y dije que no había de qué preocuparse si bien en el fondo ambos sabíamos que compartíamos opinión.
Después del desayuno volvimos a la habitación y al abrir la puerta nos encontramos al amigo ajustándose unas mallas de color celeste. Isra y yo nos miramos como el banquero al parado, sin dar crédito, y él nos saludó con absoluta normalidad mientras se ponía un pequeño calzón rojo encima de las mallas. En ese momento, y sin necesidad de mirarnos, ambos comprendimos lo que debíamos hacer. Encendí la cámara de video e Isra se puso a hablar ante ella mientras yo inmortalizaba el fondo, donde aquel tipo se estaba colgando una enorme capa roja. Se estaba vistiendo de Supermán, si. Le preguntamos que donde iba con un traje tan bonito y respondió que es que a él le gustaba ‘vestirse de cosas’. Cuando nos fuimos de allí Isra se despidió diciéndole que tuviera cuidado con la kriptonita y él, respirando hondo como quien tiene una gran responsabilidad, nos miró muy serio y dijo “lo tendré”.
Nos habían dicho que si hay algo que uno no puede perderse en Los Ángeles son los Estudios Universal. Con la intención de visitarlos fuimos a buscar a Jaime, y este nos informó de que las entradas eran muy caras pero que se podían conseguir más baratas si las comprabas en una universidad, de modo que subimos nuevamente en nuestro carro plateado y nos dirigimos a la Universidad de California, donde aparcamos y nos adentramos en un laberinto de pasillos forrados de taquillas metálicas. De pronto sonó un timbre y nos vimos rodeados de decenas de jóvenes abrazacarpetas. Cabe imaginar que en semejante escenario nos sentimos como en una serie americana, porque además estaban todos: el rarito, el chistoso, el jugador de rugby, la animadora y la adolescente embarazada. Localizamos el punto de venta y salimos de allí con las entradas celebrando que no nos hubiese pillado un tiroteo.
No nos quería bien quien nos dijo que los Estudios Universal eran una visita imprescindible. Es una especie de parque temático del cine lleno de gordos comiendo nachos y frikis con camisetas de ‘La Momia’. Hay atracciones y hangares donde ponen videos y reproducen escenas de películas que sin duda pueden resultar entretenidas para los niños. Sin embargo, niños casi no vimos y hasta las colas para los espectáculos más infantiles se formaban en exclusiva por adultos. Nos hicimos fotos con algún personaje que por allí deambulaba y descubrimos que en realidad los Simpsons hablan español con acento mejicano.
He hablado antes de gordos y debo ser más preciso. Aquí no es que haya alguno, es que toda la población es obesa. Pero no de ese tipo de gente que sufre de tiroides, o tiene problemas de metabolismo o un exceso de peso derivado de algún tipo de enfermedad. Aquí son gordos porque se pasan el día comiendo porquerías. Por todas partes ves gente engullendo hamburguesas, tacos, donuts o crema de cacahuete acompañados de enormes vasos de refrescos azucarados. Y si esta gente es feliz así a mí me parece muy bien, y abajo los cuerpos Danone, pero uno es lo que come y siempre que se pueda prefiero comer como Dios y Arguiñano mandan.
Un ejemplo que ilustra el párrafo anterior es que mientras en el resto del mundo se intenta atraer a la clientela con conceptos como ‘cero por ciento en grasa’ o ‘bajo en calorías’, juro que aquí hay restaurantes que se anuncian con “aquí comen los gordos; tenemos que ser buenos”.
El resto del día lo dedicamos a recorrer Sunset Boulevard, divisar el cartel de Hollywood y buscar sin éxito la estrella de Gracita Morales en el Paseo de la Fama.


Volvimos a santa Mónica y, con la promesa de volver a vernos, nos despedimos nuevamente de Jaime, el cual se quedó atónito al ver descender de un autobús cercano a un tipo ataviado de Supermán.
Si algo que nos caracteriza a los españoles es que desperdiciamos demasiado tiempo con la lectura en lugar de prestar la debida atención a la televisión y a las noticias deportivas. A pesar de ello, Isra y yo nos habíamos enterado de que jugaban en Los Angeles los Lakers contra los Toronto Raptors, o lo que era lo mismo, Gasol contra Calderón, dos compatriotas que están triunfado en la NBA. La impaciencia limaba nuestras uñas mientras esperábamos a la puerta del Staples Center, un magnífico estadio rodeado de luces, pantallas de televisión y focos iluminando el cielo. Por fin, vimos aparecer a Jaime, el mismo Jaime que habíamos encontrado en Australia y que nos había dicho que conocía a una de las animadoras de los Lakers que podía conseguir entradas. Acompañado de cuatro de estas –de las entradas, me refiero-, y de una guapa rapaz de raíces taiwanesas, se fundió con nosotros en un nuevo abrazo a once mil kilómetros del anterior y entramos juntos al estadio.
El espíritu de la NBA se encuentra tanto en lo que hacen los jugadores con la pelota como en lo ocurre en el estadio cada vez que se para el partido. Puro espectáculo. Cada uno de los tiempos muertos es amenizado con concursos, música o animadoras cañón. Una enorme pantalla cuelga del techo y en cada descanso todo el mundo baila y saca pancartas para verse en ella. En una de las ocasiones la cámara se detuvo ante Kareem Abdul-Jabbar, un antiguo jugador, que se puso en pie y saludó en medio de una gran ovación. La misma operación se repitió con el actor Jack Nicholson, si bien este miró indiferente la pantalla y siguió su conversación como si nada. Otra distracción era el kiss time, en que la cámara enfoca parejas del público y cuando éstas se ven en la pantalla se besaban apasionadamente ante casi veinte mil espectadores. Ya se que la probabilidad es pequeña, pero yo por si acaso crucé los dedos para que no nos enfocasen a Isra y a mí.
Allí donde fueres haz lo que vieres, de modo que en el descanso seguimos a la muchedumbre hasta un chiscón donde adquirimos unos enormes vasos de refresco, bandejas con nachos, guacamole, jalapeños y fardos de palomitas de maíz en cantidades menos adecuadas para ver un partido que para abastecer una boda.
A la salida nos hicimos fotos junto a la estatua de un tal Johnson, al parecer un mago, y divisamos un gran gentío que se apiñaba en silencio contra una pared. Como no estábamos en Jerusalén aquello nos llamó la atención y la curiosidad nos arrastró hasta allí. De repente, la turba comenzó a gritar y agitar mucho las manos contra el muro y al acercarnos descubrimos que no era tal muro sino un cristal tras el cual estaban grabando un programa de televisión. Es pasmosa el ansia de esta gente por salir en las pantallas.
Al despedirnos Amanda, que así se llamaba la amiga entre comillas de Jaime, nos hizo ver que era de noche y no teníamos alojamiento, por lo que se ofreció amablemente a darnos cobijo, si bien bajo la prevención de que contaba tan solo con un sofá y de que carecía de viandas con que agasajarnos. El recuerdo de nuestros muchos hospedajes míseros y la perspectiva de ahorrarnos una noche de alojamiento hizo que antes de que acabase la frase nos hallásemos ya los cuatro camino de su apartamento.
Amanda vivía en una bonita zona residencial. Su apartamento era pequeño y pequeño el sofá que poseía, por lo que nos pidió disculpas, si bien Isra y yo nos mostramos muy felices por el solo hecho de tener un techo. Encogiéndose de hombros, se fue a dormir y nos quedamos con Jaime compartiendo en un ordenador las fotos de nuestras pasadas aventuras en tierras australianas. Isra se acostó en el sofá y yo coloqué tres mantas dobladas sobre la moqueta a modo de colchón. Dormimos doce horas seguidas a pierna suelta.
Nos despedimos de Jaime y quedamos en vernos al regreso de nuestro periplo por Baja California. Subimos al Chrysler, nuestro particular Babieca, y nos dirigimos a la ciudad de San Diego, ubicada a tan solo veinte kilómetros de Méjico y plagada de las imágenes que solemos atribuir a Los Ángeles. Enormes playas con torretas de vigilantes, surferos, patinadores y palmeras que le hacen pensar a uno que no debe ser este mal sitio para vivir.
Con la referencia que nos habían dado no nos fue difícil encontrar el hostal, pues se encontraba pegado a una montaña rusa. El dueño, un cordial hippie trasnochado, nos mostró el lugar, que había decorado personalmente, y con un simple vistazo Isra y yo supimos que debíamos pernoctar allí. Todas las paredes se encontraban pintadas de flores y símbolos pacifistas y un letrero sobre una vieja maquina de discos invitaba a hacer el amor y no la guerra. Nuestra habitación se llamaba Yellow Submarine y multidud de discos y posters de los Beatles cubrían sus paredes amarillas, amén de algunas pintadas hechas a mano por nuestro singular casero. Sin duda, iba a ser un honor dormir sintiendo en la atmosfera la genial presencia de Ringo.
En Australia, en Camboya o en Fiji, desde que iniciamos nuestro demente periplo hemos necesitado hablar inglés allí por donde hemos pisado. Salvo en Estados Unidos, que aqui habla español todo hijo de vecino y cada vez que preguntamos a alguien en inglés nos responde en castellano, no sé si tan deslucida es nuestra dicción en la lengua anglosajona o si hay algo en nuestro aspecto que revele la cuna ibérica.
Pero si ya se habla castellano en California, la proximidad de San Diego con la frontera mejicana hace que aún se hable más y que la ciudad se encuentre atestada de locales anunciando ‘fajitas’, ‘burritos’ y ‘tacos de cochinita’. Y fue en uno de estos locales cuando Isra y yo escuchamos proviniente de la cocina una vieja tonadilla que ambos conocíamos. Eran los ‘Heroes del Silencio’ y el dependiente, un chicano bonachón, la cantaba sintiendola como si fuese el mismísimo Bunbury. Le dijimos que nos sorprendía que conociese la canción y nos dijo que si estabamos locos, que los ‘Heroes’ eran una leyenda en su país y que en su última gira más de ciento veinte mil personas les habían visto en dos conciertos en la capital. Se levantó la pernera del pantalón y nos mostró un gran tatuaje con el anagrama del grupo que se había hecho hacía más de diez años y nos hizo un repaso por toda la discografía de la banda y de su cantante en solitario. “Yo es que quiero a ese pinche cabrón”, decía.
La Taquería se encontraba junto a nuestro hostal y, como no se podía fumar en este, yo acostumbraba a echar unos cigarros, mañana lo dejo, con el personal chicano que la atendía. Uno de ellos me relató su aventura cruzando montañas para atravesar la frontera y cómo cuando llegó sin dinero se vió obligado a robar en tiendas para su casera hasta que por fin encontró un trabajo en que no le exigían los papeles. Tenía veintidós añitos y hablaba de ello como quien habla de la rutina.
Despues de nuestras iniciales andanzas por el país, la estancia en la hermosa ciudad de San Diego nos supuso un descanso necesario y la oportunidad de cargar las pilas para continuar animosos la ruta, rumbo a nuestro próximo destino.
Quizás que el señor Johnnie Walker esté tomando demasiadas decisiones en este viaje, porque nuestro plan previo era despedirnos de mi prima & Cía en Las Vegas, pero cuando nos quisimos dar cuenta estábamos alquilando un coche para encontrarnos de nuevo con ellas en San Francisco. A pesar de la pinta que teníamos después de toda una noche de parranda, la mujer que nos atendió en vez de llamar a la Policía nos entregó las llaves de un flamante Chrysler y nos informó de que nos esperaban unas doce horitas de viaje si no hacíamos paradas. Quizá porque toda sensatez se anula después de tres días sin dormir, arrancamos nuestro buga y lo pusimos en dirección a la ciudad de las cuestas y los tranvías. Cosas que hace uno cuando está de viaje.

Hay estupideces de las que jamás te arrepientes, y ese viaje en coche fue sin duda una de ellas, pues cada vez que pienso en él me invade una nostalgia cierta y una cierta melancolía. Recorrer el desierto de Nevada y atravesar California contemplando un formidable paisaje al atardecer entre camiones clásicos americanos y maquinas extractoras de petróleo es una experiencia que ni Isra ni yo olvidaremos en la vida. Entramos en San Francisco cruzando un enorme puente colgante y nos admiramos mucho de la grandeza del Golden Gate, si bien tiempo más tarde nos enteramos de que aquel era otro puente.
Habíamos llegado a la ciudad, sorpresa, de noche y sin alojamiento, pero Inés nos había dicho por teléfono que habían visto un hostal cerquita de su flamante hotel. Al parecer, la dueña era una pakistaní muy maja que nos dejaba la habitación a sesenta dólares. Por toda referencia me dijo que estaba “en la calle Gary, que es muy pequeña, esquina con otra más ancha”. Resulto sin embargo, que no era Gary sino Geary y que se cruza en concreto con ochenta y siete calles porque es más larga que el Paseo de la Castellana. En desfacer el entuerto tardamos una hora y media, lo cual después de más de doce de viaje es algo le sitúa a uno al borde del primicidio.
La fachada del hostal, pletórica de pintadas y desconchones, presentaba una sucia puerta a través de cuyo cristal se adivinaba una desvencijada escalera en la que, sería mi imaginación, pero me pareció ver tres ratas bailando hip-hop. Nos pasamos un buen rato dejando inútilmente las huellas en el timbre por ver si alguien nos abría hasta que el portero del club de alterne anejo nos dijo que no nos preocupáramos, que seguramente el dueño estaría borracho, y comenzó a gritar su nombre dirigiendo las fauces hacia una ventana del primer piso. Al rato, vimos a un hombre con bata que nos contemplaba desde lo alto de la escalera, si bien inmediatamente desapareció y sonó el zumbido que nos franqueaba el paso a tan inquietante hospedaje.
Un concierto de chirridos nos amenizó la subida por la escalera de negra madera forrada de moqueta hasta que fuimos a dar en el primer piso con una logobre habitación separada del resto de mundo por unas rejas desde el suelo hasta las goteras. Tras las rejas se agazapaba nuestro anfitrión, un hombre de edad y ebriedad avanzadas, seguramente el marido de la amable mujer que las chicas decían haber conocido. A través de los barrotes, le preguntamos si podíamos ver la habitación y nos respondió que eso era complicado, porque las llaves eran suyas y no se las dejaba a nadie y no nos podía acompañar porque, por si no lo habíamos advertido, estaba detrás de una reja y no tenía intención de salir. Debo reconocer que Isra y yo nos tranquilizamos bastante cuando salimos de allí despidiéndonos en ingles y compadeciendo en español a la santa de su esposa y cruzamos la calle para ocupar la limpia y confortable habitación de un hotel cercano. Costaba el doble, si, pero no teníamos que dormir con un cuchillo entre los dientes.
María nos explicó que en Las vegas habían perdido su vuelo de las nueve y media por llegar tarde, lo que trajo a mi memoria cómo Isra, a las ocho y cuarto aún les ponía grabaciones de Don Luís Sánchez Polak, santo varón, y Belén, muerta de risa, decía entre copas que para qué las prisas. Nos contaron indignadas que habían tenido que tomar otro vuelo de dos horas sufriendo la resaca, lo que no nos afligió en demasía al compararlo con nuestro periplo a base de bebidas energéticas, que me habían dejado el pulso como el de un cascabelero.
Pasamos los días en San Francisco subiendo en tranvía sus enormes cuestas, admirando, esta vez sí, el magnífico puente del Golden Gate y visitando el barrio hippie con flores en el pelo, como en aquella canción de Scott McKenzie.
Otro lugar que merece la pena es la isla de Alcatraz, pues la prisión está casi intacta y una visita a sus celdas, al siniestro comedor o al desolador patio causa tanta fascinación como gozo al poder partir de allí.
Una cosa que me sorprendió en San Francisco fue la cantidad de mendigos que pueblan las calles. Tanto, que en el trayecto de una manzana pueden llegar a pedirte ‘cambio’ hasta ocho o nueve de ellos y hay una autentica legión acomodada en los parques. Le pregunté a un taxista si es que había algún tipo de convención, pero me dijo que no, que siendo vagabundo la vida en California era más fácil que en otros lugares. Yo no se el motivo, pero lo cierto es que paseando por la ciudad se te cae el alma a los pies porque la mayor parte de ellos son ancianos o personas con enfermedades mentales que se encuentran totalmente desvalidos y me pregunto por qué la primera potencia del mundo tiene un sistema social tan deficitario, si es que lo tiene, que permite que tal cantidad de personas duerman en la calle la otra cara del sueño americano.
Había llegado la hora de despedirse de las chicas, que volvían a España, y nos dimos muchos abrazos e hicimos no pocas promesas de vernos en el futuro. Yo incluso les di mi dirección de correo auténtica, y no la de mi amigo Bris como hago cada vez que me despido de alguien. Isra y yo nos vimos embargados por la sensación de que también nuestro viaje estaba comenzando a agotarse, pero huimos de ella acelerando nuestro coche rumbo a nuestro próximo destino.
La noche había sido larga y apenas habíamos dormido, por lo que entre los cinco decidimos que lo más razonable era alquilar un coche para ir a ver el Cañón del Colorado. Sutilmente adornados con preciosas ojeras y aliento de diseño, así es Las Vegas, accedimos al fin al mostrador de la compañía donde nos atendió una señora que se había olvidado el cerebro en casa y, entre su torpeza y nuestra resaca, el contrato acabó a nombre de uno con la firma de otro y constando una dirección descabellada.
Asistida mi proverbial desorientación por el GPS que Maria tiene en la cabeza, logramos salir de la ciudad sin problemas y nos encaminamos hacia el Estado de Arizona sin interrupciones, pues aunque vimos de camino una gran construcción entre montañas y comentó Inés que aquello era una presa muy famosa que la gente visitaba, llegamos todos al acuerdo de que sin conocer ninguno más presa que Dolores Vázquez, mejor sería no perder tiempo.
Y en aquellas andábamos cuando por el espejo retrovisor pude apreciar que un coche de policía marchaba detrás de mí dándome las largas. Como yo me encontraba en el carril izquierdo adelantando una enorme fila de camiones, aceleré para pasarlos cuanto antes y dejar paso al servidor de la ley, quien ya hacía sonar una sirena con vistoso juego de luces azules y rojas. Pensando que a donde demonios iría aquel tío con tanta prisa en medio del desierto, adelanté al último de los camiones y me metí en el carril de la derecha, pero ante nuestra sorpresa él se situó de nuevo tras nosotros. Ya no había duda, llevábamos participando un buen rato en una persecución policial y no habíamos sido conscientes. Todos en el coche me decían que parara, pero yo no veía lugar en la cuneta apto para el estacionamiento y continuaba conduciendo a la espera de encontrarlo seguido de nuestro escandaloso perseguidor. Finalmente, detuve el vehículo y el del policía se situó detrás de mí. Por el espejo vi descender a un robusto agente, con botas hasta la rodilla, cinturón con cartucheras, sombrero de vaquero y -quizás este detalle haya sido añadido por mi subconsciente- una estrella de sheriff. Lentamente, se acercó caminando hasta la ventanilla y yo pensé que sería gracioso acelerar en ese momento, pero solo lo pensé y en lugar de eso me quedé observando las pistolas que portaba.
- ¿Conoce usted el concepto “límite de velocidad”?
- Eh… si.
- ¿Sabe usted que el limite es setenta y cinco en el Estado de Arizona…
- Eh… no.
- …y que ir a más de ochenta y cinco es un acto criminal?
- Eh… eh…
- Usted iba a noventa y ocho.
- Eh… ¡Gñf!
En este punto y viendo como pintaba la cosa no pude menos que salir en mi defensa y hacerle saber que no sería para tanto, que yo normalmente iba mucho más rápido y que vaya un límite bajo que tenían en aquel lugar, setenta y cinco kilómetros por hora, a lo que él me hizo ver que en aquel país no utilizan los kilómetros, sino las millas y que en realidad yo iba a unos ciento sesenta kilómetros por hora, algo por lo que allí se va a la cárcel y que hiciese el favor de bajar del coche y acompañarle.
Me despedí de los cuatro confiando que encontrasen una limería de guardia para enviarme un bocadillo, y seguí al Sheriff Lobo hasta su vehículo, donde se puso a jugar con una emisora que al parecer viene incorporada de serie en este tipo de vehículos. Me pidió que me identificase, pero como no tenía el pasaporte le entregué el carné del Rayo Vallecano, el cual miró muy detenidamente y, asintiendo, señaló mi segundo apellido y me preguntó que si era ese mi nombre de pila, a lo cual, siendo él un representante de la Ley, no pude yo contradecirle. Tomó el contrato que había escrito la torpe agente de la compañía y comenzó a copiar sus absurdos datos mientras me decía que aunque me dejase ir, había violado las Leyes Criminales del Estado de Arizona y que me iba a llegar una multa de órdago, algo que dudo yo mucho que suceda a la vista del nombre que escribió, que no coinciden ni las vocales, y de que va dirigido a la “Averida Espana, Estado de Alcorcón”.
Lo cierto es que nos llevamos un buen susto, lo que me está bien empleado por ir a semejante velocidad. No obstante, también debo decir que con un coche automático, unos carriles tan anchos, un paisaje tan desértico y unas rectas tan sin fin pierdes la referencia y no da la sensación de ir tan rápido. Todas estas preocupaciones tenía yo en mi mente mientras me dirigía de nuevo al coche cuando vi en el reflejo del cristal que una pequeña sonrisa me adornaba el rostro. Resulta que ahora soy un criminal en el Estado de Arizona.

Una de las cosas grandes que tiene el conducir por este país son las emisoras de radio. Recorrimos un buen tramo de la famosa Ruta 66 con un una estupenda banda sonora de blues, rock, country y canciones infantiles. En el Gran Cañón nos esperaba un grandioso atardecer y sacamos fotos como si fuéramos japoneses.
Cuando regresamos a Las Vegas hacía ya tiempo que había sido tomada por las luces de neón y los imitadores de Elvis y nosotros recorrimos la ciudad convenciéndonos en cada rincón de que no hay en el mundo lugar semejante a este. Cada hotel, cada casino, tiene un motivo diferente y forman en su conjunto una delirante urbe de castillos medievales, palacios y réplicas del Coliseo romano o de la torre Eiffel.
Estábamos derrotados. Casi sin dormir nos habíamos ido al Cañón, que es como ir de Madrid a Santiago para ver la catedral y volverse. Pero como era la última noche en Las Vegas decidimos darnos una ducha y salir a tomar algo. Isra sin embargo tiene mucho más cerebro y prefirió irse a dormir y levantarse a las ocho para despedirse de las chicas, que volaban por la mañana a San Francisco. Arrastrando los pies, me dirigí a la habitación de estas y me serví un bebedizo con la firme convicción de que por una vez la noche iba a ser corta.
El teléfono sonó e Isra lo cogió medio dormido. Era la voz de Maria, quien le informó de que eran las nueve de la mañana, que llamábamos desde el interior de una limusina y que nos dirigíamos de regreso al hotel a recoger el equipaje después de una noche de fiesta loca. Isra se incorporó de un salto y, pidiendo perdón por haberse quedado dormido le dijo que se vestía y bajaba a despedirse. Colgó el teléfono y rápidamente se ducho, se vistió, se peinó, miro el reloj y comprobó que eran todavía las cuatro y media de la madrugada.
Entramos en la habitación bailando salsa con un aparato de música en que retumbaba Juan Luís Guerra con su canción “eran las cinco de la mañana…”. Isra nos recibió sentado en la cama con los brazos cruzados y cara de enfurruscado. ‘Hijos de puta’, fue todo su saludo. Pero como no parábamos de reírnos y la verdad es que tenemos un bailar sabrosón, finalmente decidió unirse a la conga y comenzó una fiesta de alcohol, risas y almohadazos que no hubiéramos hecho más ruido si nos hubiésemos pasando la noche domando potros. En cualquier otro lugar del mundo nos habrían expulsado, pero nos alojábamos en un hotel donde la gente bebe celebrando fortunas y llorando ruinas y hay cubiteras con hielos en la puerta de cada habitación. Viva las Vegas.

Verne tenía razón. Habíamos partido de la isla a media mañana y, después de un viaje de más de veinticuatro horas, aterrizábamos al atardecer del mismo día en nuestro destino, un oasis de luces de neón en el medio del desierto. Gracias a la diferencia horaria habíamos amanecido en una cabaña en una isla del pacífico y, en el día más largo de nuestras vidas, íbamos a dormir en la habitación de un lujoso casino. Íbamos. Viva Las Vegas.
Sonó un timbre y todos en el avión nos levantamos, nos abrigamos y cargamos con nuestros equipajes de mano a la espera de que abriesen las puertas, lo que no ocurrió hasta quince minutos más tarde. Una señora se mostraba especialmente impaciente pues juraba en lo que me pareció ser arameo y cuando por fin pudimos abandonar el avión se abrió paso a empujones y desapareció por la rampa de salida como quien va a apagar un fuego. Achacando aquellas prisas a algún tipo de incontinencia, Isra y yo recorrimos aquel largo aeropuerto impactados por la fascinante decoración. Todos los pasillos y salas estaban adornados con cientos de maquinas tragaperras. Y ante una de ellas se encontraba nuestra arisca compañera de viaje introduciendo incesantemente monedas con cara de satisfacción.
Nuestro hotel resultó ser un lujoso casino con la forma de una gigantesca pirámide de color negro. Con nuestra polvorienta indumentaria y pordiosero porte saludamos efusivamente a los elegantes botones y silbando alegremente atravesamos las doradas puertas para darnos de bruces con unas enormes estatuas de faraones y dioses egipcios del más allá, que no nos llamaron tanto la atención como las tres reinas que, más acá, nos esperaban con los brazos abiertos, aún cuando por nuestro singular aroma corporal, más les valdría haberlos tenido cerrados a cal y canto. Se trataba de mi prima Inés y sus dos amigas Belén y María, que se encontraban viajando por la zona y con quienes habíamos quedado en vernos a través de Internet, diabólica invención. Se mostraron, no obstante, un tanto sorprendidas, quizás por el hecho de que habíamos quedado hacía más de quince días y desde entonces no habíamos dado noticia. Inés mesó mucho mis barbas y me comentó que no recordaba tener un primo vagabundo.
Subimos todos a nuestra habitación, tan bonita que parecía de otros, y allí las chicas nos hicieron la pregunta. ‘¿Qué tal?’, dijeron. Isra y yo nos miramos y, con sendas sonrisas, nos entendimos a la perfección. Era imposible resumir en una frase todas las experiencias que llevábamos a la espalda, así que, tomando asiento, comenzamos a contar una historia, mirando hacia atrás por primera vez con sentimiento de nostalgia, y durante dos horas nos turnamos para hablar del frío de China o la costa camboyana mientras poco a poco la estancia se iba llenando de los más variopintos personajes que acudían de nuestro recuerdo a escuchar su historia; la china de los petardos, Manolo el hippie, la inglesa de la minifalda, los guerreros de Xi’an… Una vez que terminamos, despertamos a las chicas y nos preparamos para salir por Las Vegas dispuestos a darlo todo.
Los clubes de Las Vegas son ciertamente exclusivos y la concurrencia acude a ellos con lujosas prendas y lo más granado de su ajuar. Pero como lo más elegante que portábamos nosotros eran unas botas de montaña, decidimos ponerle remedio durante esa ceremonia tan nuestra, que ya teníamos casi en el olvido, llamada botellón. Así, en la habitación de las chicas revolvimos unas maletas que allí había hasta dar con el atuendo idóneo, y partimos ataviada Maria con mi sombrero de cow-boy, Inés con un sobrio pañuelo de calaveras, Isra con su elegante camiseta de Barrio Sésamo, Belén sin más postizo, pues es de por sí estilosa, y yo con unas enormes gafas de sol y una ajustadísima chaquetilla de punto que, aunque me tiraba un poco de sisa, cumplía su función a juzgar por los guiños de ojo con que me obsequió en el ascensor un amanerado huésped.
Pensando quizás que había llegado el circo, el portero de la discoteca permitió nuestro acceso al recinto y nos vimos inmersos en una atmósfera de luces, colores y música atronadora donde, cuidando muy mucho de que no se derramase el precioso contenido de nuestras copas de a once dólares, comenzamos a agitar nuestros esqueletos dando salida a todo ese ritmo latino que al parecer corre por nuestras venas. Y como en todas partes abundan individuos que, vaso en mano, recorren desesperadamente los locales en busca de una moza que llevarse a la boca, Isra y yo, normalmente marginados en esos antros a causa de nuestro habitual aspecto de limosneros, nos sentimos por una vez, acompañados de tanta fémina, dichosos y envidiados.
También quisimos tentar a la suerte en una de las numerosas ruletas que pueblan los casinos y tomamos asiento en una al objeto de estudiar cuidadosamente sus normas y observar el proceder. Un amable ludópata nos explico todos los secretos de aquel invento que, sin embargo, no debía conocer a la perfección, pues durante el tiempo que habló con nosotros su inicial montaña de fichas fue descendiendo hasta quedar en un pequeño cerro, mientras en la mesa una eficiente crupier dirigía con un taco docenas de círculos de plástico para hacerlas caer en un agujero. Analizamos concienzudamente la situación, pusimos cinco dólares cada uno y meticulosamente fuimos repartiendo nuestras coloridas fichas de tal manera que teníamos cubiertos casi la mitad de los números posibles. Con semejante estrategia no podíamos fallar. Sin embargo, la bolita se paró y en un instante todas nuestras fichas fueron a parar al agujero. Así me explico yo porque en Las Vegas el precio del alojamiento es tan barato. Lo que quieren es que juegues. No es mal negocio, esto de los casinos.
Como soy muy cabezota, además de dar de sí el sombrero me empeñé en vivir mi experiencia fijiana lejos del mundanal mundo de los resort. Isra, sin embargo, es más de la opinión de intentar evitar en lo posible escaseces y precariedades, si será el tío raro, por lo que cargué mi mochila y quedamos en vernos allí en un par de días. Johnny, a quien por fin había encontrado intentando seducir a una sueca, me dijo que Lotuma era efectivamente su pueblo, que caminara por la playa hasta encontrar un árbol inmenso, que preguntara por un tal Sami que me daría alojamiento y que debía partir cuanto antes, en primer lugar porque el sol aun no calentaba mucho y en segundo, y no por ello menos importante, porque con tanta cháchara se le iba a escapar viva la sueca.
Caminé maravillándome a cada paso de poder disfrutar en soledad tan hermoso decorado hasta que al fin vi a lo lejos, en un saliente de la costa, un enorme árbol que, no sabría decir porqué, me pareció diferente al resto, influido quizás por el hecho de que fuese el único en kilómetros que no era una palmera. A él me dirigía cuando me percaté de que un individuo semidesnudo caminaba hacia mí portando un machete de tres palmos en una de sus manos. Confiando en que viniese de abrir cocos, esperé a que se aproximase.
-Disculpa, ¿es esto Lotuma?
-Si.
-¿Tú eres Sami?
-Si.
-¿Dais aquí alojamiento?
-No.
Maravilloso. Me había despedido del hostal y había cruzado toda la isla para encontrarme con el infausto dilema de volver al barracón con el rabo entre las piernas, que otra ubicación no concibo, o dormir aquella noche encaramado a un cocotero. Me senté a la sombra del gigantesco árbol acompañado del joven Tarzán de pelo afro y comencé a responder sus preguntas sobre de donde venía y si me gustaba Fiji. Pero tan apasionante conversación dio repentinamente un giro inesperado cuando se interesó por el precio que me cobraban en el hostal. Muy cuco, respondí con la mitad del importe real y él se levantó y sin decir nada se fue dejando a mis pies el enorme machete clavado en la tierra. Mis iniciales pensamientos sobre lo propicio de la ocasión para la poda de uñas que mis pies venían demandando pronto se desvanecieron ante la visión que desde el árbol se contemplaba. Un estrecho entre dos islas donde las olas venían a romper formando un cuadro de belleza inigualable. Pero de mis ensoñaciones me rescató Sami que venía acompañado de un hombre que me presentó como su tío Walter y que me ofreció alojamiento en su casa por una tercera parte del precio que le había dicho a su sobrino. Era tan barato que me daba hasta vergüenza, pero me la guardé para mí y acepte la oferta a regañadientes. Con un apretón de manos cerramos la transacción y nos sentamos los tres a contemplar el paso de las horas bajo la sombra del vetusto árbol.
Walter me presentó a su esposa Olandi, entrañable anciana que me explicó que me encontraba bajo el Árbol de los Sueños, que había incluso una canción local sobre él y que allí se reunía su familia desde hacía generaciones para contemplar las mejores puestas de sol del mundo. Me enseñó la casa y se disculpó porque no estaban acostumbrados a acoger gente y mi comida sería su comida y mi cama estaba en la misma estancia en que dormía el venerable matrimonio, algo en lo que no encontré yo inconveniente alguno. Para almorzar me ofreció unas enormes bolas hechas de miga de pan y coco y yo me serví una por aquello del qué dirán, si bien Olandi me arrebató el plato y lo llenó hasta arriba mientras me dijo algo que yo no entendí pero que poseía sin duda el familiar tono de ‘comételo todo que estás dando el estirón’.
Dediqué mi tiempo en Lotuma a bañarme en soledad, explorar los alrededores y pasear por la playa, donde al calor de la tarde encontré una pareja de ingleses que me pareció muy agradable y me dijeron que estaban en un pequeño alojamiento de cabañitas muy tranquilo, nada que ver con mi denostado barracón. Como me cayeron bien, les hablé del árbol de los sueños y juntos fuimos a verlo. Sami apareció con su guitarra y bajo sus hojas, interpretando canciones de Bob Marley, vimos, en efecto, la mejor puesta de sol del mundo.
No hay nada más inquietante que el zumbido de un mosquito en la oscuridad, pero como dormía bajo una mosquitera me despreocupé colocándome sendos tapones en los oídos, lo que dicho sea de paso, me sirvió para neutralizar también los ronquidos del bueno de Walter, que los debía tener entrenados para ahuyentar las fieras de la noche porque tampoco es normal que cuerpo tan menudo tenga tanta resonancia. A media noche me despertó un enorme picor en las piernas que me tuvo horas rascando unos granos del tamaño de los Urales. Me habían masacrado. Cuando amaneció advertí entre escozores que en el interior de la mosquitera, en la esquina más cercana a la luz de la puerta, siete u ocho mosquitos se arremolinaban buscando una salida a aquella trampa mortal. Relamiéndome de gusto, fui uno a uno aplaudiéndoles las orejas, lo que no me resultó difícil, de tan torpes y gordos estaban a mi costa, hasta que acabé con las palmas de la mano tintadas de rojo, sangre de mi sangre. Yo no sé que tendrá la venganza, pero me pareció que ya picaba menos.
Cuando me despedí de Lotuma no pude menos que pagar lo mismo que me había costado el resort, al que regresé dejando atrás muchos abrazos y sonrisas y aquel hermoso árbol cuya canción, sin embargo, hablaba de soñar con partir lejos de allí. Fui en busca de Isra quien tenía también ganas de partir a donde fuera y salomónicamente resolvimos buscar un sitio ni muy turístico ni muy agreste, por lo que cargamos nuevamente las mochilas y nos adentramos en la jungla buscando el alojamiento del que me había hablado la pareja de ingleses. No tardamos en encontrarlo y fuimos calurosamente recibidos por su agradable dueña, que lucía atuendo local y patillas de bandolero, y por sus huéspedes, hasta un total de cinco, con los que hicimos buenas migas y mejor cava, que hay que ver como bebimos de aquel peculiar brebaje que abotarga el entendimiento y entorpece el habla.
Nuestra estancia en Fiji nos dejaba marcada la belleza de sus parajes y el calor de su gente, pero haciendo un soberano esfuerzo, despreciamos la nostalgia y partimos resueltos, una vez más, rumbo a nuestro próximo destino.
El personal del hostal salio a recibir nuestra barca con ‘bulas’ y canciones y nos alojaron en un barracón cercano a la playa donde pernoctaríamos junto a otros veintitrés foráneos, en su inmensa mayoría venidos de la Gran Bretaña en una nueva etapa de colonización en que han abandonado las armas por las bebidas espirituosas. El sitio no estaba mal, pero teniendo en cuenta de donde veníamos, de haber tenido alma se me hubiera caído a los pies. Sin embargo, Isra encontró el lugar muy de su agrado, sobre todo porque existía la posibilidad de practicar buceo y ver muchos peces, algo en lo que no nos parecemos, porque él disfruta con ellos en su entorno y yo en un espeto.
El hostal se encontraba enclavado en una playa franqueada por dos salientes de rocas que cortaban el paso hacia el resto de la isla. Como yo añoraba el contacto con la gente local y ya me empezaba a sentir encerrado, pregunté a los camareros qué había mas allá de las rocas y me respondieron que no merecía la pena ir, que no había nada y que las playas eran de piedra, algo que me extrañó mucho porque cuando llegamos había visto una estupenda desde la barca. Sospechando que había allí felino bajo llave, tomé mi ya inseparable sombrero y me dirigí hacia las rocas con el afán robinsoniano de explorar aquella isla.
Crucé las rocas y me di de bruces con un fantástico escenario de playas desiertas y una espesa jungla que llegaba hasta la arena. Pensar que mis huellas eran las únicas en aquel inmenso paraje me dejó una agradable sensación y el convencimiento de que tenía que salir cuanto antes del barracón de los ingleses.
No se cuanto llevaría andado cuando escuche unos cantos en el interior de la espesura. Era una voz profunda, como con eco, a la que al poco se le sumaron dos voces más. Extrañado, comencé a buscar una entrada hacia la jungla para ver que era aquello, pero la vegetación era espesa y tardé un buen rato en encontrar una vereda tan pequeña que en un principio dudé que fuera camino hecho por el hombre. Mis dudas se disiparon cuando para salvar un arroyuelo encontré un pequeño puente de madera medio podrida que atravesé para llegar al fin al lugar del que aquellas voces procedían. Se trataba de una bonita casa de madera con un jardín de hierba fina absolutamente rodeada por la vegetación. Crucé el jardín e inmediatamente cesaron las voces. Saludé al aire en el idioma local y ante mi compareció en el porche un niño de unos seis años vestido con unos harapos que me miró con curiosidad. De repente, del interior de la casa surgió otro niño que de un salto le pegó tal patada al primero que cayó rodando por el suelo. Este se levantó riendo y atacó a su agresor mientras otro mocoso medio salvaje aparecía para unirse a la fiesta. Todos gritaban, reían y formaban gran alboroto. Entre puñetazos y rugidos pregunté donde estaban sus padres y me dijeron que habían salido. No sabía yo como reaccionar ante tan asilvestrada chiquillada, por lo que decidí aprovechar mis lecciones de fijiano en la isla de Paul para decirles algo en su idioma, lo que celebraron mucho y me obsequiaron cantando a través de los enormes conos de madera que usaban para golpearse, que ahí caí yo en la cuenta de donde procedían las extrañas voces. Repartiéndose patadas y arañazos me pidieron que me quedara a jugar, pero visto en qué consistía el juego y que no tenía mucha pinta de que hubiese por allí una Play Station, me despedí de ellos y sus gritos me acompañaron en el camino de vuelta hacia la playa.
Explorando aquella isla divisé sobre las palmeras lo que me pareció ser una cruz. Me acerqué y comprobé que efectivamente, se trataba de una bonita iglesia de madera en cuya puerta un hombre yacía sobre una lona espantándose parsimoniosamente las moscas con un pequeño abanico. Saludé y le pregunté si podría visitar la iglesia y me respondió que al día siguiente era domingo y que no había inconveniente si quería asistir al oficio. Aunque sea ya tarde para evitar la condenación, le dije que lo haría encantado y crucé de nuevo las rocas mientras un sol naranja se escondía tras el horizonte.
En el hostal me esperaba Isra, que había tenido un percance con los peces. Se había alejado de la orilla llevando consigo unas cuantas tortitas para darles de yantar, pero no había contado con su inusitada voracidad. Por lo visto, comenzó a arrojar al agua trocitos de tortita hasta que se vio rodeado por decenas de peces, que le hacían cosquillas y chupeteaban, lo cual disfrutaba mucho hasta que se llevó un mordisco en la mano que le ha dejado marcado bien profundo unos pequeños dientes que forman una especie de circulo sanguinolento. Arrojando lejos las tortitas, buscó refugio en la playa hasta donde fue seguido por todos los branquiados. Lo que son las cosas, un día nadas tranquilamente con un tiburón y al siguiente casi se te lleva la mano el pez colorín. La mar es muy traicionera.
La cena en el hostal era realmente buena y había un grupo que tocaba la guitarra y cantaba tonadillas. Sin embargo, aunque era bonito, no dejaba ser gente contratada para cantar al turista y yo me acordaba de la isla de Paul, donde cantaban para ellos y nosotros éramos simplemente invitados. Con un punto de nostalgia degusté mi pollo y me preparé para ir a dormir pronto porque en ese sitio le despiertan a uno con tambores a las siete y media de mañana, algo que encuentro de un pésimo gusto.
A la mañana del día siguiente crucé de nuevo las rocas y me dirigí a la iglesia, donde esperaba ya una veintena de personas ataviadas con sus mejores galas de flores y colores chirriantes, que me miraban primero sorprendidos y me acogían después con sonrisas. Me senté en la última fila y observé que la parte delantera estaba destinada a los niños, que se sentaban en el suelo. Uno de ellos, de la mano de su madre, no dejaba de hacerme señas, lo que me incomodaba un poco hasta que reparé en que era uno de los niños salvajes de la tarde anterior. Formal, repeinado y vistiendo con un pequeño traje, aquel cabroncete parecía un angelito. Se hizo el silencio y seguido de dos monaguillos apareció el párroco, a quien identifiqué como el hombre que estaba tumbado la tarde anterior a la puerta de la iglesia. Ocupó el pulpito y, en inglés se dirigió a la concurrencia para manifestar que era un día especial porque tenían la suerte de contar con una visita y, dirigiéndose a mí, agradeció mi presencia y dijo que esperaba que me sintiese acogido por todos. Una señora empezó a cantar y todos los demás la siguieron. Y mientras sonaba el hermoso coro de los nativos, yo meditaba en que estaba en una rustica iglesia de madera y paja, con la jungla a un lado y una preciosa playa al otro, en una isla perdida en el océano pacífico, y no podía dejar de pensar en qué diría mi madre si pudiera verme.
Tras la ceremonia, todo el pueblo se acercó para saludarme y yo pregunté por un alojamiento en una de las aldeas. Una señora me dijo que había un lugar en la isla llamado Lotuma y que en mi hostal preguntase por un tal Johnny, que era de allí. Volví pues al hostal y no vi a Jhonny porque libraba, pero vi que ofertaban una excursión a una iglesia en otra isla para ver una ceremonia ‘típica’ que celebraban para todos los extranjeros de los resorts. ¡Y cobraban por ello un dineral! En ese momento caí en la cuenta de porqué no querían los del hostal que atravesase el límite de las rocas. Como en todas partes, el más tonto hace relojes. Y el listo los vende.
De entre todas las islas de la polinesia fuimos a dar con nuestros huesos en Fiji. Llegamos por una vez de dia y en el aeropuerto nos recibieron tocando el ukelele. Lucia por fin un sol esplendido.
Fiji es un conjunto de mas de trescientas islas del pacifico entre las que se encuentran las Yasawas, de las que habiamos escuchado que eran un autentico paraiso, lo cual no debia ser ningun secreto porque al llegar al puerto lo vimos repleto de turistas que hacian cola equipaje en mano dispuestos a embarcar en un enorme ferry de color amarillo. Recorrimos la zona preguntando a todo quisque y nos dijeron que aquel ferry era la unica manera de llegar a nuestro destino, que iba parando en los distintos resorts y que para alojarse en estos habia que comprar previamente un paquete turistico. Ahi nos dimos cuenta Isra y yo que de todos los que llenabamos el puerto, eramos una vez mas los unicos que viajaban sin alojamiento, ni plaza en el barco, ni dos dedos de frente.
Pregunte cuanto costaba el trayecto en ferry y casi me da un soponcio. Pregunte por el alojamiento y me lo dio. Y en esas andaba yo, quejandome mucho de los precios y mesando desesperado mis luengas barbas intentando negociar lo innegociable, cuando una voz a mis espaldas me pregunto si aquello me parecia caro. "Nos ha jodido mayo", pense, pero como no lo vi muy susceptible de traduccion, le dije que yes, que muy caro. Se trataba de un hombre de unos cincuenta anyos, de piel curtida, cicatriz en el rostro y brazos tatuados. Uno de esos tipos que te inspiran confianza. "Es que es terriblemente caro", respondio. Me explico que llevaba dos anyos viviendo con una famila nativa en una de las islas y que en ese momento se marchaba de viaje, pero que ellos estarian encantados de recibirnos. Me presento a un hombre de color, concretamente color negro, y me dijo que se llamaba Sam y podiamos unirnos a el pues regresaba a la isla tras comprar alimentos. Fui a buscar a Isra y le dije que en vez de contratar un paquete de vacaciones ibamos a subir al barco y bajar en alta mar con uno que acababa de conocer porque me lo habia dicho el tio de los tatuajes. Y como a el tambien le parecio lo mas sensato, compramos un billete de ida, cargamos con nuestras mochilas y acompanyamos a Sam a bordo del flamante ferry amarillo.
El frio chino y la lluvia australiana venian a mi memoria mientras sonriente me tostaba en cubierta decubriendo a babor y estribor pequenyas islas de fina arena y transparentes aguas donde poco a poco iban desembarcando los grupos de turistas.
Una pequenya barca a motor salio a nuestro paso y saltamos tras Sam a su interior sin tener la mas remota de idea de a donde nos dirijiamos. Dejamos atras las caras de extranyeza de la tripulacion del ferry y a toda velocidad surcamos las aguas mas limpias que habia visto en mi vida mientras cuidaba de que la calida brisa del pacifico no se llevase mi gorro de vaquero.
Llegamos a nuestro destino y tardamos un buen rato en poder cerrar la boca. Nos encontrabamos en una postal de palmeras cayendo sobre la blanca arena rodeada por una inmensidad de agua cristalina hasta donde la vista se perdia. Salio a recibirnos Paul, el semidesnudo patriarca de la familia, quien nos fue introduciendo a toda su prole mientras nos estrechaban la mano y nos decian mucho 'bula', que aqui es la forma de saludar. Desde el primer momento aquella gente nos estaba haciendo sentir como en casa.
Paul nos mostro nuestro alojamiento, una rustica cabanya de madera con techo de paja, bien acomodada, y se disculpo de que alli no tenian eso que llaman electricidad y de que para ducharse hubiera que extraer el agua de un pozo con un cubo. Se que dicho asi parece muy espartano, pero cualquiera que viese el lugar en nos encontrabamos prescindiria gustoso de todas aquellas comodidades y el telefono movil lo utilizaria para calzar la cama.
Una de nuestras actividades preferidas en el paraiso era tumbarnos en las hamacas a la sombra de las palmeras contemplando el oceano y, como hemos hecho en anteriores destinos, aprovechar para aprender las expresiones basicas del dialecto local.
Una de las expresiones que aprendi fue 'tamataway', que significa 'aqui hay un hombre'. Una tarde nos fuimos toda la famila a una aldea cercana para jugar al voley con sus vecinos y con la primera pelota que me llego hice un mate tan espectacular que hasta yo me sorprendi. Golpeandome orgulloso el pecho grite "tamataway!", y todos quedaron muy impresionados. Lamentablemente, cuando fui a repetir la jugada me hice un danyo terrible en un dedo y golpee tan flojito la bola que esta cayo suavemente a mis pies mientras todo el pueblo muerto de risa me repetia "tamataway, tamataway!". Desde entonces me llamaron asi.
Una noche escuchamos cantos en un extremo de la aldea. Guiandonos con nuestras lamparas de aceite, Isra y yo descubrimos un grupo de personas sentadas en torno a Paul que, abrazado a una guitarra y acompanyado del ukelele de su sobrino, iban desempolvando lo mas granado del folklore fijiano. Al parecer se celebraba la visita de unos parientes que habian venido de lejos y nosotros fuimos presentados e invitados a compartir con ellos la ceremonia del cava, que a pesar de su nombre nada tiene que ver con la entranyable bebida que se boicotea en Navidad. Son polvos de una raiz con un alto contenido en una cosa que se llama 'grog' que se vierten en el agua y que puedo asegurar que de un solo sorbo te duerme la lengua. No es una bebida alcoholica, es narcotizante, y beberlo es todo un ritual de 'bulas' y palmadas, que lo hacen todo mucho mas divertido. Isra y yo nos despedimos para ir a cenar y a la vuelta nos encontramos con que todo el pueblo yacia inconsciente en torno al barrenyo que albergara aquel brebaje del demonio.
El tiempo que pasamos con la familia de Paul fue una autentica delicia, porque ademas de ser una gente entrenyable, nuestra agenda conllevaba cosas como despertarse en un paraiso de playas y palmeras o navegar en kayak en un paraje de inusitada belleza llamado 'el lago azul' donde al parecer rodaron una pelicula del mismo nombre. Por eso, cuando subimos a la barca para conocer otras islas y algun resort, yo miraba aquella gente que se despedia desde la playa y que nos habia acogido como a su familia y me preguntaba si no estariamos cometiendo una gran equivocacion.
Si hicieran descuento por llegar a las ciudades de noche y sin alojamiento nos habriamos ahorrado una pasta. Nos volvio a suceder en Rotorua. La buena noticia es que un cielo lleno de estrellas anunciaba un dia libre de lluvias.
El hostal contaba con una mesa de billar y en ella conocimos a Roberto, un argentino que trabajaba en Auckland para pagarse los viajes, con el que enseguida hicimos amistad. Compartiamos los tres el mismo dormitorio junto a otros siete que, cuando nos retiramos a descansar, se encontraban ya durmiendo. Sin embargo, Roberto se acerco a una de las literas y sacudio a uno de sus ocupantes para decirle que aquella era su cama. El otro, somnoliento, le cedio disculpandose su sitio y se fue a la unica cama que quedaba libre, medio desvencijada y carente de sabanas o almohada. Yo le dije al portenyo que el chaval, que resulto ser frances, habia estando ocupando su cama desde la manyana y el respondio: 'Ya lo se, pero no querras que duerma yo en esa mierda de cama'.
Visitando Rotorua encontramos unas curiosas construcciones de madera y entre ellas una coqueta iglesia con vidrieras que mezclan los motivos cristianos con los mitos maories. Tambien vimos un precioso lago lleno de patos y de gente que hace fotos a patos.
Una tarde nos dirigimos a un poblado maori, donde fuimos recibidos con la tipica danza de bienvenida que conlleva mucho griterio, mucho sacudir de lanzas, mucho mover de ojos y mucho sacar la lengua, que mas le entran ganas a uno de salir corriendo que de visitar el pueblo. Sin embargo, hechas las presentaciones, los lugarenyos son muy amables y te presionan la nariz con la suya en senyal de amistad y cantan y bailan para el goce y jolgorio de los asistentes.
Degustamos alli el 'hangi', una comida que preparan metiendo bajo tierra piedras calientes y una cesta con comida. Debo reconocer que lagrimones rodaban por mis mejillas ante la calidad y cantidad de las viandas con que fuimos obsequiados, y eso que soy bastante exceptico con estas cosas, porque Isra y yo tenemos la costumbre de comer como dos pajaritos. Como dos albatros, concretamente.
En el viaje de regreso el conductor nos dio seis vueltas seguidas a una rotonda conduciendo con las rodillas mientras cantaba a voz en grito que carecia de licencia de conduccion. El tipico humor maori.
Madrugamos Isra y yo y en las duchas nos encontramos a Roberto, quien parecia bastante sofocado y en voz baja y entre risas nos conto lo que le habia sucedido. Se estaba duchando cuando le dio por hacer, decia, lo que tiene por costumbre, que es orinar in situ. Sin embargo nos detallo como, una vez comenzada la operacion y sin marcha atras posible, cayo en la cuenta de que su ducha iba a desaguar a la de al lado, donde habia otra persona y pudo ver como el liquido amarillo procedente de su anatomia inundaba los pies del vecino. Se que esto es dificil de creer, pero en aquel momento se abrio la puerta de la ducha y aparecio el frances de las camas que, lejos de parecer ofendido, paso resignado junto a nosotros, con la mirada baja, pensando que por alguna razon le habiamos convertido en nuestro archienemigo. A mi me dio pena el pobre, pero yo sobre todo estaba concentrado en asimilar que bien me podia duchar otro dia.
Hay en Nueva Zelanda innumerables ocasiones de hacer puenting, climbing y un monton de cosas que terminan en 'ing'. Como ya voy teniendo una edad me decidi por el paseing, pero Isra opto por descargar un poco de adrenalina. El problema es que se paso todo el trayecto hablando de futbol con el instructor y cuando le metieron en un saco y le subieron a setenta metros no sabia que habia que hacer. Al parecer, junto a el habia una pequenya palanquita que debia accionar para ser volcado al vacio, y la gente desde abajo le hacia senyas para que tirase de ella, lo que desde arriba Isra interpretaba como saludos y a todos respondia agitando la mano y levantando el pulgar. Pero el tiempo pasaba y con tanto aspaviento Isra llego a pensar que lo que le querian decir era que no se tirase que no le habian puesto la seguridad. Imaginen la situacion encontrandose en soledad en lo alto de una grua a setenta metros del suelo. Finalmente descubrio la palanca, la acciono sin saber para que servia y se encontro cayendo sorpresivamente al vacio y rebotando en la goma elastica para disfrute propio y descanso de los instructores.
Otra actividad consistia basicamente en meter a Isra en una pelota transparente de tamanyo gigante y arrojarlo cuesta abajo por un monte. Como la pelota tenia agua en su interior, la gente lo hacia en banyador y como Isra no tenia banyador, decidio hacerlo en calzoncillos, circunstancia esta que contribuyo enormemente a que un gentio se reuniese para contemplar sus evoluciones, maxime cuando al segundo bote los calzoncillos volaban alegremente en el interior de la esfera. Cuando esta finalmente se detuvo, Isra tuvo ocasion de saludar elegantemente mientras trataba de vestirse en medio de una gran ovacion.
Todos los sitios que hemos visitado hasta ahora merecian mas tiempo que el que le hemos podido dedicar, pero en Nueva Zelanda la sensacion de necesitar una segunda visita es si cabe mas fuerte, de modo que con la promesa interna de volver a pisar esas tierras embarcamos, esta vez si, rumbo a nuestro proximo destino.
Con rayos y truenos celebro Nueva Zelanda nuestra llegada.
Nuestro hostal en Auckland disponia de una gran cocina, por lo que decidimos dar rienda suelta a nuestras habilidades culinarias y partimos en busca de las mejores materias primas a fin de elaborar un plato que nos hiciese sentir como en casa. Lamentablemente, el unico supermercado que encontramos estaba regido por un oriental, que tras saludarle nosotros en chino y responder el que era coreano, nos informo que desconocia que de la oliva pudiera sacarse aceite, por lo que nos vimos obligados a arrojar a nuestra sarten un trozo de mantequilla del que nos apropiamos impunemente del frigorifico comunal, lo cual es asqueroso y no me refiero al hurto. La cosa mejoro cuando fuimos anyadiendo los pimientos, cebolla, ajito y champinyones con que pensabamos acompanyar nuestro plato de pasta, que hasta la gente se acercaba a olfatear comentando lo bien que se cocina en los paises mediterraneos, de lo cual nos solazabamos mucho pensando la porqueria de sandwiches que comen estos barbaros extranjeros. Llego la hora de incorporar la carne, pues a falta de otra cosa el chino nos habia vendido unas latas de carne picada precocinada que aseguraba eran una delicia. Sin embargo, fue una textura gelatinosa y un olor nauseabundo lo que se mezclo con los ingredientes de nuestra sarten. Pensamos que con un poco de fuego aquello mejoraria pero el olor era cada vez mas vomitivo y la gente empezo a llevar sus cosas a la esquina contraria de la estancia. Como nuestras pituitarias andaban pidiendo socorro, dimos por terminada la fase de preparacion, nos servimos sendos platos y nos los llevamos al comedor entre no pocas caras de repugnancia. Despues de toda la parafernalia que habiamos montado en la cocina no nos quedaba mas remedio que comernos orgullosos aquella porqueria, masticando los huesecillos con que estaba aderezada la carne, que dudo yo mucho que aquella lata en chino contuviese comida para humanos. Nos lo comimos todo mirando, eso si, de reojo los sandwiches de mantequilla de nuestros vecinos.
El dia amanecio tormentoso y a nuestros planes de ir a la playa se los llevo el viento, por lo que decidimos prorrogar un dia nuestra estancia en Auckland. Una recepcionista tambien oriental nos explico que si queriamos quedarnos teniamos que cambiar de habitacion porque la nuestra estaba reservada y permanecer fuera por la manyana de diez a dos porque tenian que hacer las camas. Extranyados, le preguntamos que tamanyo tenian aquellas camas para tardar cuatro horas en hacerlas y respondio que en aquel momento internet no funcionaba. O era sorda, o no entendia ingles o nos estaba vacilando.
Pasamos el dia viendo un acuario y visitando el museo local, referencia de la cultura maori, donde tuvimos ocasion de apreciar los cantos y bailes de este legendario pueblo.
Nos acompanyo Byron, un joven brasilenyo con quien habiamos compartido la primera habitacion, quien nos dijo que tras nuestra marcha nadie la habia ocupado, con lo que nos habiamos mudado y esperado cuatro horas en recepcion sin motivo alguno.
Como seguia lloviendo decidimos hacer la colada para evitar que los perros siguieran ladrando a nuestro paso. Unas enormes lavadoras funcionaban en el sotano introduciendo unas monedas. Desgraciadamente, las instrucciones no decian nada sobre discriminar la ropa por su color y ahora nuestro fondo de armario es mucho mas uniforme. La secadora secaba a medias, pero pensando que asi estaria mas fresquita, meti la ropa humeda en la mochila y ahora cuando la abro huele como la carne picada del coreano. Desde entonces en vez de ladrar, los perros huyen.
Empezabamos a sentirnos encerrados en aquella ciudad, de modo que acudimos nuevamente a recepcion para que nos informasen del horario de autobuses y volvio a atendernos la recepcionista oriental, quien nos dijo que el autobus que nos interesaba paraba a las diez de la manyana en la puerta del hostal. Por sincronizar relojes le pregunte que hora era y respondio que eso dependia del trafico.
A la manyana siguiente estuvimos antes de las diez en la puerta del hostal, pero por alli no paso autobus alguno. Extranyados, preguntamos a otro recepcionista y nos informo que, independientemente de lo que nos hubiera dicho su companyera, el autobus habia salido a las nueve desde la otra punta de la ciudad y ya no habia mas plazas hasta el dia siguiente. Con un cabreo de bastantes demonios, nos vimos obligados a pernoctar un dia mas en Auckland y fuimos ademas informados de que debiamos cambiar de habitacion y esperar cuatro horas para que hicieran las camas. Sin nada que hacer en aquella ciudad, nos sentamos desconsolados tras el ventanal a contemplar la lluvia ante la imposibilidad por una vez de partir rumbo a nuestro proximo destino.
Partimos de Byron Bay con mas recuerdos de bares que de playas, que es ligero equipaje para tan largo viaje, y nos dirijimos esta vez a la ciudad de cemento de Brisbane, en cuyas inmediadiaciones nos dio por visitar una curiosa granja donde observamos atentamente una demostracion de como un perro australiano era capaz de conducir un rebanyo hacia un establo, lo que fue muy vistoso, si bien pense que los pastores catellanos hacen lo mismo con dos silbidos. Sin embargo, era divertido ver como de un salto se montaba el perro sobre las ovejas, cosa que por otra parte en mi pueblo tambien hace algun pastor.
Vimos tambien una reserva de canguros, que no habia mas porque no cabian, y de koalas, animal este que tiene una hora de actividad al dia dedicando el resto a descansar, todo ello sin haber opositado.
Una cosa me llama la atencion en lo que llevamos visto de pais, y es que la poblacion aborigen no desempenya practicamente ningun trabajo y muchos viven en la indigencia. En un autobus vimos un cartel que decia: 'Esta empresa no es discriminatoria, tambien contratamos mujeres y aborigenes'. No se que pensara el sagaz lector, pero algo me dice que el propio cartel ya tiene algo de discriminatorio.
Volvimos a Sydney, mas no al mismo hostal, pues esta vez escogimos uno de tanta categoria que solo teniamos que compartir habitacion con otros dos. Uno de ellos, rondando los sesenta, tenia aspecto de malhechor, y algo habria de eso porque nos mostro hasta tres carnets con su foto y distintas identidades. Cuando le preguntamos para que lo queria se encogio de hombros y, como si fuera la pregunta mas obvia del mundo, respondio 'para no ir a a la carcel'.
El otro inquilino era un chaval austriaco llamado Pierre, que tras unas cervezas nos explico su historia. Sin tener casi estudios, a los catorce anyos hizo su primera inversion en la bolsa de Nueva York, a los dieciseis creo su propia companyia y en la actualidad es absolutamente millonario, un personaje publico en Alemania y uno de sus libros financieros esta en la lista de los mas vendidos en la historia en aquel pais. Tiene veintidos anyos.
En una charla de una hora, algo por lo que suele cobrar tres mil euros por asistente, Pierre nos explico que la bolsa la manejan cuatro y que la inmensa mayoria de los indices economicos y noticias financieras, e incluso politicas, estaban destinadas a dirigir el dinero del resto de inversores hacia sus bolsillos. Cuando la bolsa sube gana dinero y cuando baja gana mucho dinero. Todo esto parece muy complicado pero simplemente consiste en... bueno, tampoco quiero aburrir con detalles.
Con lo que he dicho hasta ahora he definido simplemente a un millonario. Pero Pierre es mucho mas. Es buena persona, divertido y sencillo, que cansado de la soledad de los grandes hoteles, viaja por el mundo pegado a un portatil alojandose en lugares donde pueda conocer gente. Se que su historia parece increible, pero la he comprobado en internet.
Tomamos un taxi los tres hacia Kings Cross, pero el ambiente cosmopolita y festivalero que habiamos conocido un fin de semana, habia dejado su lugar a esa inquietante atmosfera que aportan como nadie prostitutas y traficantes. Uno de los tres ingleses que ante nosotros hacian cola para entrar a un bar, tras denegarsele la entrada por cogorza, insulto al portero y fue lo ultimo que dijo antes de comenzar una estricta dieta a base de papillas, tal fue el punyetazo que recibio en el rostro, que le rompio la mandibula y dolio hasta el sonido. De algun lugar aparecieron otros tres gorilas que comenzaron a golpear salvajemente con punyos americanos a los otros dos y al que yacia sangrando en el suelo hasta dejarlos casi inconscientes. Me hubiera gustado poder decir que intervinimos en su defensa y que intentamos detener a aquellos animales, pero lo cierto es que nos quedamos paralizados sin reaccionar ante tanta violencia. Un taxi nos llevo de vuelta al hotel y todavia cuando lo recuerdo se me eriza el cabello, como cuando consulto el saldo de la cuenta.
Dedicamos el tiempo en Sydney a visitar como tres tenores la opera, a navegar por la bahia y a acudir a Bondi Beach, enorme playa de surferos sembrada de cuerpos yacientes con especialidad en carne roja muy hecha.
El hostal nos obsequio con una tarde de clases de salsa y sangria, si bien Isra no pudo degustar esta ultima porque debio pensar la instructora que tenia pinta de latino y cada vez que se acercaba a los vasos le agarraba de la mano y se lo llevaba para explicar a la concurrencia los pasos del baile y lo importante que es mirar a la pareja, aun cuando Isra no quitase ojo al barrenyo de la bebida.
La ausencia de compatriotas puede hacer que un italiano parezca tu primo. Y eso es lo que sufrieron los huespedes del hostal nuestra ultima noche. Comenzamos hablando de futbol y acabamos perpetrando un 'o sole mio' que espantamos la palomas. Nos despedimos de Pierre y le regale nuestra guia de viaje y el a mi su sombrero y nos hicimos muchas promesas de vernos de nuevo en algun otro lugar. Con las mochilas a la espalda y ataviado como John Wayne embarcamos nuevamente rumbo a nuestro proximo destino.
'Byron Bay, paraiso de surferos', nos dijeron. Y nosotros, que ni nos acercamos a la tabla de planchar, dijimos vamos alla y alla que nos fuimos. Llegamos de nuevo de noche y sin alojamiento, que parece que de otra forma no sepamos, y solo conseguimos sitio en un dormitorio de diez camas que resulto estar lleno de ropa pero absolutamente vacio. Malo, pense. Efectivamente, al dar las cuatro de la manyana, y en lo que empieza a ser una costumbre, comenzo un incesante goteo de gente borracha, que es algo que a mi no me molesta demasiado porque podria dormir en el Congreso, pero Isra, que es del Atleti, se paso otra noche en blanco y tiene ya unas ojeras que como le vea un chino igual le planta un arrozal.
Dejamos el hostal al dia siguiente y nos fuimos en busca de otro, craso error. Me recorri la ciudad entera, pero solo vi camas libres en una tienda de muebles. Desesperados, volvimos al hostal rogando nos devolviesen la habitacion, y lo pasamos muy bien y se rieron mucho, pero plazas no quedaban. Finalmente encontramos un discreto motel de carretera al precio de un cinco estrellas que contaba, eso si, con una television por cable donde Isra tuvo ocason de sufrir una nueva derrota de su equipo.
Byron Bay es un bonito lugar con una playa estupenda que no pudimos disfrutar porque nuestra estancia en el lugar estuvo pasada por agua, que vaya manera de jarrear. Como eco de nuestros lamentos, la gente repetia que aquello era muy estranyo en la estacion seca y que no llovia tanto desde hacia siete anyos. Nosotros no dijimos nada, porque despues de dejar en China el peor temporal en los ultimos cincuenta, igual se pensaban que teniamos algo que ver y nos corrian a gorrazos. Solo espero no encontrar un huracan en el proximo destino.
Pero si el dia fue mojado, la noche no le fue a la zaga, que hay que ver como empinan el codo por aquellos andurriles. En el patio de nuestro antiguo hostal la gente ingeria latas de cerveza como si lo fuesen a prohibir. Sin embargo, nos sentamos junto un chaval que bebia de una botella en una bolsa de papel. Yo dije que llovia mucho y el que si, que mucho. Que como se llamaba, que Jean-Paul, que que hacia en Australia, que viajando, que que bebia, que vino, que si estaba bueno, que en su pais era mejor, que de donde era, que de Chile, que bonito pais debia ser ese, que lo era, que no sabia que conyo haciamos hablando en ingles, que tambien lo ignoraba, que seriamos idiotas, que lo seriamos.
Es curioso ver como en los pubs de Byron Bay, cientos de jovenes de entre diecisiete y veinticinco anyitos bailan con fenomenales melopeas sobre enormes mesas fijadas al suelo, todos guapos, todos surferos. Todos luciendo sombreros de moda, collares y gafas de sol de las de interior de discoteca. Pero entre tantos watios, el acento australiano, ya de por si dificil, se torna imposible de entender y con el balbuceo que les produce el alcohol acaba uno por entender lo mismo que si le hablasen en hungaro clasico. He descubierto que cuando en una conversacion a todo respondes con 'yeah' al final te toman por imbecil.
Asi pues, como la comunicacion estaba siendo un problema, no me quedo mas remedio que agenciarme un sitio sobre las mesas para mostrar mis habilidades danzarinas. Pero, aunque el publico recibia cada pieza con vitores, todas las canciones me eran extranyas, asi que, esperando a que sonase el infalible Tractor Amarillo, eche un vistazo a la concurrencia y cai en la cuenta de que estaba rodeado de una juventud insultante que bailaba sensualmente ataviada con los mas ricos ropajes y me vi fuera de lugar como un abuelo barbudo y harapiento. Con las orejas rojas, baje de la mesa y me dirigi a la barra. Me estoy haciendo viejo para esto.
Esta lloviendo. Escribo estas lineas en la habitacion de un hostal pensando en las sensaciones que me deja la costa australiana, paraiso de veinteanyeros para surfear, estar de fiesta y conocer gente de todo el mundo, al que he llegado tarde. No me siento mayor, pero me ha pasado el tiempo de bailar sobre las mesas. Me esfuerzo en pensar que solamente he atravesado una etapa y siento que estoy satisfecho de mi edad y de mi vida, aunque una voz dentro de mi me pregunte que estaba haciendo yo cuando tenia esa edad. Sin embargo, poco a poco se abre paso en mi memoria el recuerdo de pasadas correrias junto a mis hermanos los Jonases, cuadrilla de amigos del vino y las ajenas mancebas, marrulleros y farrucos, malos parladores y peores rezadores, aficionados a golfas y comilonas, montadores de grescas y asiduos de juergas y borracheras, ladrones de la virginidad y tejedores de la mentira. Parece que escampa.
El barquero pidio silencio y dirigio la embarcacion hacia el centro del rio con la promesa de que ibamos a ver muchos cocodrilos. En el asiento de delante un pasajero contaba su vida y milagros a una chica rubia con inequivoca intencion. Pero ese acento... ese marcar las erres... ese presumir de la marcha espanyola... Por fin habiamos dado con un compatriota despues de tanto tiempo! Emocionado, con lagrimas en los ojos, estuve tentado de decirle algo, pero temi echar al traste su estragia de cortejo, por lo que opte por otra jugada. Junto a el, y en castellano, desperte a Isra para preguntarle si estaba dormido e inmediatamente sono de orilla a orilla un 'sois espanyoles!'. Que risas, que abrazos y que compadreo! Tras atravesar China y lo que llevabamos de Australia sin comunicarnos en nuestro idioma, las palabras salian ahora en tropel y, con una verborrea incontenible, comenzamos a intercambiar experiencias, anecdotas e impresiones. Media hora despues y sin haber visto ni un solo cocodrilo, desembarcamos alegremente bajo la furibunda mirada del barquero y del resto del pasaje. Yo sentia ademas clavada en la nuca la mirada de rencor de la chica rubia.
Se llamaba Jaime, era de Mallorca y se encontraba viajando solo por Australia como un machote. Tambien se dirigia a Cairns, por lo que a nuestra llegada decidimos celebrarlo escogiendo para tan senyalado evento un restaurante oriental de los de pagar por el plato y servirte lo que quieras. Como habia tres precios dependiendo del tamanyo del plato, Isra y yo decidimos coger el pequenyo y llenarlo como mendigos, con lo que depositamos sobre la mesa sendas montanyas de delicias tales como fideos, arroz, setas o cerdo agridulce habiendo dejado tras nosotros un hermoso rastro de gambas, para no perderse por si habia que volver. Bajo una lluvia de huesos de pollo, Jaime degustaba un poco de sushi mientras nosotros hundiamos los hocicos en aquella mezcolanza, que debio pensar que no habiamos comido en tres dias y no andaria muy desacertado, porque despues de las cinco comidas diarias con postre de China, los precios australianos nos estaban empujando irremisiblemente a hacer la dieta del bikini, lo que por otra parte no le venia nada mal a nuestras incipientes panzas, que de haber sido feminas alguien nos habria ofrecido ya su sitio en el autobus.
Jaime nos informo de que hay en Cairns un tour nocturno en que pagando una entrada te ponen una pulsera y le llevan a uno toda la noche de bar en bar probando distintas bebidas. Pense que eso ya lo hacia yo sin necesidad de que me llevase nadie, pero como a Isra tambien le apetecia, al final me convencieron. En el bar observamos como a cinco tios los subieron a un estrado y a otras cinco chicas las arrodillaron frente a ellos. Al parecer consistia el juego en que metiesen ellas una bolita por una pernera de cada pantalon de ellos y la sacasen por la otra, y menos mal que no salimos nosotros, porque segun estan las cosas igual se encontraban la carretera cortada. Acto seguido nos metieron en una furgoneta donde nos unimos a unos veinte jovenes de distintas nacionalidades pero compartiendo todos un importante nivel de alcohol en sangre.
En el siguiente garito, entre pintas y chupitos, tuvimos ocasion de conocer la version erotico-festiva del popular juego de la silla, en el que quien se queda sin asiento al acabar la musica pierde pero puede recuperase si se quita una prenda. Una joven inglesa, gran aficionada a la ginebra, perdia siempre pero permanecia en el juego a base de quitarse ropa, lo que era muy celebrado por la concurrencia masculina, que no quitaba ojo a los vaivenes con que les obsequiaba su minuscula minifalda. Y llego la final, dos concursante, una silla. A ella le quedaba la minifalda y el sosten, por lo que el feo y obeso rival no se habia sentido tan apoyado en su vida. Con inusitada expectacion concluyo la festiva musiquilla y... volvio perder ella! Todos, incluidas la mujeres, brindaron y estallaron de alegria. Sin embargo, la inglesa aun guardaba un as en alguna parte. Tranquilamente, ante decenas de ojos, camaras y moviles, se sento en la silla vacia... y se quito las bragas! Mas tarde nos dijeron que el juego habia estado un tanto soso porque la semana anterior se habian quedado dos desnudos.
Otro local nos sorprendio con cinco bailarinas en ropa interior agitandose sobre la barra ante una vociferante concurrencia de la que sorprendia que los mayores gritos y barbaridades proviniesen de la poblacion femenina. Aqui el concurso consistia en que subiese la gente a bailar, siendo el ganador seleccionado mediante el democratico sistema del silbido comunal. Y habia que ver como hacian las mujeres cola para danzar sensualmente -las menos- y subirse faldas y quitarse los sostenes. Pese a la gran competencia, la ganadora fue, reina de la noche, la inglesa de la minifalda que, por lo que pudimos apreciar, habia devuelto su ropa intima al lugar de origen.

Quizas los que tengan la paciencia de leer estas lineas estan acostumbrados a este tipo de parrandas, pero para Isra y para mi todo aquel descoque era algo nuevo y nos pasamos la noche como dos paletos forzando un gesto de normalidad. Le comente a un lugarenyo que seria raro ver a una espanyola borracha desnudandose sobre la barra de un bar y me dijo que australianas e inglesas son mejores porque son mas deshinbidas. En lo de que son mas deshinbidas le di la razon.
Es una falacia bastante extendida el que desde la luna se pueda apreciar la muralla china, porque el tramo mas ancho mide solo seis metros, que es como decir que se ve desde el espacio la calle Rosendo de Leganes. En realidad, la unica maravilla apreciable desde esa distancia es la gran barrera de coral, con el merito anyadido de que se trata de un organismo vivo. Y el punto mas cercano de la barrera a la costa australiana era, precisamente, nuestro siguiente destino, Cape Tribulation, una pequenya poblacion rodeada de una jungla que llega hasta la misma playa.
Nuestro alojamiento era esta vez un pequenyo campamento de rusticas cabanyas circundado por una valla que lo separaba de la exhuberante vegetacion, que miedo daba asomarse. Tambien tenia unas duchas comunales, una pequenya piscina y un bar de madera donde, por una pasta gansa, servian un comida tradicional consistente en unos Doritos banyados en salsa rosa que aqui llaman 'nachos'.
Al caer la noche, la musica del bar se impuso a los ruidos de la fauna merodeante y llego hasta nuestra cabanya con aviesas intenciones, por lo que, tropezando en la oscuridad, nos dirijimos como moscas a la luz, que basta que nos toquen las palmas para que nos pongamos a bailar. Compartimos jarra de cerveza con un joven de cabello rubio y alto como los precios, que se llamaba Arnie y era aleman. Le preguntamos si viajaba solo y respondio que ya quisiera el, que hacia una semana se unio a dos compatriotas suyas y, en aquel momento, desvanecida la expectativa de sexo casual, le estaban amargando el viaje. Escuchamos sus lamentos de "hay que ver estas tias, que no aguantan mas de tres noches durmiendo en la playa", sentados en una terraza y rodeados de una vegetacion oscura de la que, repentinamente, surgio el sapo mas grande que he visto en mi vida y, parsimoniosamente, comenzo a pasearse sobre los tablones de madera. Arnie nos explico que aquel tipo de sapo expedia un liquido por la espalda que era alucinogeno y que si lo chupabas cogias la mayor borrachera de tu vida. Nosotros nos maravillamos mucho de los animales que por aquellas tierras moran, pero yo le dije que en mi caso seria al reves, tendria que tener la mayor borrachera de mi vida para chuparle la espalda a un sapo.
El bar cerro pronto y nos fuimos los tres a la cabanya, donde encontramos una botella de whiskey en nuestro equipaje y, a medida que se consumia, ibanse mutando los iniciales susurros y precauciones por cantos y algarabia. Y a Irra, de la Liga Antitabaco, le dio por fumar un cigarro y fue muy divertido, pues entorpeciosele el habla y tornabasele el rostro de todos los colores y acabo desmayado sobre la cama para mayor jolgorio y chanza.
Amanecio sin piedad alguna y nos levantamos con una resaca como la del Cantabrico. Esquivando extremidades del aleman, que por alli yacia, salimos de la cabanya y nos fuimos tambaleando hacia la playa, donde una lancha nos esperaba con dos energicos y sonrientes mozalbetes que inmediatamente me cayeron mal. "Seguro que estos cabrones ha dormido", me dije.
No es muy recomendable encomendarse a Baco si al dia siguiente tienes la oportunidad de bucear en la barrera de coral, pero lo cierto es que, una vez sumergido, el contacto del agua y el espectaculo que hay alli abajo, te hacen olvidar todos los pesares. Es maravilloso sentirse flotar entre precioso coral, rodeado por cientos de peces de colores, tortugas y azules estrellas de mar en aquellas aguas transparentes.
Tranquilamente buceaba Isra cuando diviso una sombra que se aproximaba. Era un enorme pez de color gris. Pero esos ojitos... esa boquita... Era un tiburon! Lentamente, el escualo le miro y paso de largo y de Isra. El instructor dijo despues que era una suerte verlo y que, aunque los tiburones en esa zona nunca atacan, Isra habia hecho bien en quedarse en el sitio porque con un movimiento brusco podia haberse sentido amenazado. Lo que no sabia es que Isra no se hubiese podido mover aunque quisiera. Se habia quedado paralizado.
La reconfortante experiencia y la relajacion que brinda el silencio subacuatico convirtieron el trayecto de vuelta en barco en una placentera siesta bajo el sol. Me puse la camiseta, pero como soy de Leon me dije que no me hacia falta proteccion solar. Y en que momento lo dije! Me queme como un idiota y ahora tengo el mismo desnudo que si hubiese corrido el Tour.
No llegamos a comer porque eran ya las intempestivas dos de la tarde, de modo que pedi un refresco y me sente en el bar a leer un rato, que ya se me estaba olvidando. Sin embargo desvio mi atencion la llegada de un mozalbete ataviado con un sombrero de cow-boy y un collar de colmillos de cocodrilo. Se puso a jugar al billar el solo y, cada vez que metia una bola -lo que no era muy frecuente-, hacia girar el taco por detras de su espalda y, asintiendo, miraba a la concurrencia. En un momento dado, me senyalo con el taco y, mascando chicle, me pregunto si me atrevia a jugar contra el. "Paso de jugar al billar con un chulo de playa como tu", pense. "Ahora no, gracias", dije. Se dirigio entonces hacia dos muchachas que alli habia y, tocandose el sombrero y levantando una ceja, les dijo que no eran capaces de ganarle ni jugando juntas, que fue entonces cuando sonrio y me fije en que le faltaban todos los dientes de la parte frontal de la boca, como los ninyos cuando pierden los de leche. Ante el caso omiso de las mozas, arrojo el sombrero y a toda velocidad se lanzo sobre la valla que delimita la piscina. Apoyando las manos, salto dando una vuelta en el aire y cayendo de cabeza al agua. Lo cierto es que fue algo espectacular, pero ahi cai yo en la cuenta de que no es que hubiera perdido los dientes de leche; es que de alguna leche habia perdido los dientes.
El avistador de tiburones tomaba el sol cuando el saltimbanqui australiano se acerco hasta el y, liandose un cigarro, le pregunto de donde era. Isra le respondio, pero en su base de datos por Espanya no le venia nada. Cuando Isra le pregunto a su vez que de donde era el, senyalando con la cabeza el espesor de jungla dijo: "de ahi".
Horas despues cargamos nuestras mochilas y salimos de Cape Tribulation rumbo a nuestro proximo destino con el intimo convencimiento de que habiamos conocido en Australia al autentico 'Cocodrilo Dundee'.
Con el avion bailando la yenka, aterrizamos en Cairns bajo una fuerte tormenta que nos acompanyo todo el trayecto en taxi hasta el hostal que nos habian recomendado. Pagamos al conductor y corrimos a la recepcion intentando resguardarnos, con el mismo resultado que si en el camino nos hubiesemos tirado de cabeza a la piscina. El sitio era estupendo y estaba lleno de gente seca, pero tenia el defectillo de estar completo. Chapoteando, volvimos a la noche con intencion de buscar un alojamiento. No se si he dicho que llovia mucho.
Nos iban ya a crecer aletas dorsales y branquias cuando por fin encontramos un humilde hostal donde depositar el equipaje que llevabamos en nuestro agua. El lugar no era malo y en el patio habia un pequenyo chiringuito donde se entretenian los clientes esquivando las gotas que atravesaban el tejadillo buscando un chapuzon en la cerveza. Habia bastante gente, que tampoco se mojo para darnos un banyo de masas y, por no ser aguafiestas, fuimos nosotros los que nos presentamos. Les dijimos que eramos espanyoles y decidieron que no, que eso no podia ser y que seriamos italianos porque nunca habian visto un espanyol en Australia. Unas pintas mas tarde y con la confianza que da el compartir zona de fumadores, nos preguntaron que porque los espanyoles no viajamos, que no se ven por el mundo. Ofendido, le respondi que no era verdad y que si queria vernos contratara un touroperador a Cancun o Varadero.
Sin embargo, es cierto que el mundo esta lleno de ingleses, alemanes, irlandeses, americanos y un largo etcetera que desde los diecisiete anyos viajan durante muchos meses de manera independiente. Nosotros tenemos veintidos dias de vacaciones al anyo, y eso el que los tiene. Y es que vamos al colegio, al instituto y, cuando los jovenes de medio planeta aprovechan para viajar y conocer otras culturas, nosotros entramos a carreras en la universidad y salimos pensando que si no conseguimos un buen trabajo al dia siguiente no lo haremos nunca. Y como alguien nos convencio de que sin una casa y un buen coche no se puede ser feliz, de ahi a atarse a una hipoteca para el resto de la vida no hay mas que un paso. Quizas sea una cuestion de mentalidad, pero creo que algun error estaremos cometiendo porque, aunque desde Espanya no se vea, una generacion que a los treinta aun vive con sus padres es el hazmereir de Europa.
Despertamos con ganas de playa, pero seguia lloviendo tanto que vi parejas de animales en direccion al puerto. Nos consolo saber que en Cairns esta prohibido el banyo por los tiburones y por unas medusas como bolsas del Caprabo que son, al parecer, mortales. 'Se lo llevo la urticaria', glorioso epitafio.
Decidimos pues buscar transporte a algun lugar de clima mas benevolo y fauna mas sociable. Y como habiamos perdido el autobus diario que salia hacia el norte, no nos quedo mas remedio que, en contra de nuestra costumbre, entrar en una agencia turistica. Nos recibio un bonachon lugarenyo de canosa barba y generosa panza que respondia al nombre de Santa por su gran semejanza a Santa Claus. Y ciertamente parecia que tuviera la trastienda atestada de renos. Mientras apuraba el contenido de su taza, le deletreamos nuestros nombres para tramitar los pasajes. Repentinamente solto una enorme carcajada. "Perdonad que me ria", decia desternillandose y mirandonos como si no hubieramos cogido un chiste. "Israel, como el pais!". Quizas fuese un nombre poco comun en Australia, pero tampoco sera para tanto si te haces llamar 'Santa Claus'. En fin, salimos de alli con los billetes en la mano y le dejamos limpiandose el lagrimal y murmurando que no le iban a creer cuando lo contara. Desde luego, aquel hombre no estaba bien de la cabeza. O algo le habian echado los duendes en la taza.
Partimos hacia el norte y, por el camino, como si de una excursion de los Padres Agustinos se tratara, nos hacian bajar para mostrarnos las atracciones de la zona. Vimos un bosque y paseamos por unos manglares, todo ello de gran belleza.
Tambien visitamos un estanque donde un hombre con sombrero vaquero pidio voluntarios para una cosa de mucha risa. Ante la logica ausencia de candidatos se decidio por una timida francesa que tras su camara se escondia y la coloco junto a una valla que la separaba del agua. Con una vara, golpeo el metal y de repente, un gigantesco cocodrilo de casi cuatro metros surgio del fondo con un poderoso salto para caer junto a la valla con gran estrepito. La cara de la francesa mas que un poema era un romance entero y, por la sucesion de improperios que dedico al divertido lugarenyo, vinimos a conocer se manejaba en castellano.

La chica era maja y dominaba tanto nuestro idioma que si no es porque parecia albergar una familia de aracnidos bajo la axila, podria pasar por espanyola. Creiamos Isra y yo ser los unicos en sufrir tanta tormenta, pero ella nos dijo que llevaba dos semanas en el sur sin poder moverse por la lluvia. Le dijimos que lo lamentabamos mucho, pero en el fondo pense lo que mi abuela cuando el chapapote del Prestige llego a las costas de Francia. "Convenga o no convenga, es bueno que todo el mundo tenga".
Aterrizamos en Sydney con cara de sospechosos. A Isra, despues de ponerle mil pegas con el pasaporte, le registraron todo el equipaje, mochila grande, auxiliar y bolsa de mano. Y cada vez que el uranyo policia senyalaba algo para que lo abriera, respondia Isra en castellano con un "joder, esto tambien?". La situacion dejo de divertirme cuando, tras sembrar la zona con las piezas del ajedrez y calzoncillos de Isra, me miro y dijo "ahora vamos contigo".
Contra todo pronostico, resulto que al final no traficabamos con drogas ni sustancias explosivas, pero entre ponte bien y estate quieta no llegamos al barrio de Kings Cross hasta la hora de las brujas, aunque no sea esta la mejor expresion para definir la muchachada que aquellos andurriales frecuentaba. Decenas de adolescentas lucian palmito en minusculas faldas zanqueando sobre tacones de vertigo. Y de entre todas ellas, habia sido la senyorita Marie Brizard la que habia causado estragos entre la poblacion activa. Que borrachera colectiva! Los musicos callejeros competian con los gritos, risas y cantos regionales de medio globo mientras, cargados con nuestras mochilas, tratabamos de encontrar alojamiento sorteando vomitonas y figurantes de Thriller.
A la segunda fue esta vez la vencida y, pagando por adelantado, nos dieron hospedaje en un 'dorm', que no sabiamos lo que era hasta que al abrir la puerta de la habitacion nos encontramos con una especie de trinchera prusa con ocho literas y un aroma que hubiera espantado a Isabel de Castilla. Apartando calcetines, botes de desodorante y camisetas de Armani impregnadas de cerveza descubrimos una desgastada moqueta sobre la que depositar los equipajes y nos decidimos a pasar el menos tiempo posible en aquella cochiquera. Dos pintas mas tarde, sin embargo, el portero del garito anuncio amablemete que era la hora del cierre mientras blandia una escoba ante la concurrencia y un enorme oso de peluche ahorcado en el ascensor nos acompanyo hasta la tercera planta, donde apenas dormimos unas horas a causa del ebrio proceder de los hijos de la Gran Bretanya.
Poco importa que el euro cotice al doble que el dolar australiano si los precios son cinco veces mas altos. Con lo que cuesta aqui una habitacion doble, en China compras el hotel. Por eso, los mochileros se ven obligados en Australia a compartir habitaciones de hasta dieciseis camas. Decididamente, vamos a conocer gente en Australia.
Despues de la anarquica China, sorprende la cantidad de normas que esta gente tiene para todo. No se puede fumar en ningun sitio, y en la calle solo a tres metros de algunos locales. Si se quiere comprar cerveza tiene uno que acudir a una licoreria y yo les cuento que en donde vengo se expone al lado de la leche y a veces ni siquiera hay leche. Y lo que mas me sorprende: el aeropuerto internacional cierra a las once de la noche para no molestar a los vecinos! Bueno, tambien en Espanya tenemos cada vez mas normas, pero es que estos tios las cumplen.
Isra no pudo dormir por la procesion de borrachos que tuvo lugar en el dormitorio, y yo porque constantemente me llegaban del otro lado de la habitacion maldiciones en castellano.
Pero la luz se hizo y yo me fui a pisar la ciudad e Isra se quedo intentando dormir, si bien cuando habia conciliado el suenyo subio el personal del hostal para explicarle que el alojamiento se dejaba a las diez y que debia pagar una noche extra. Isra, agradecido por aquel desvelo que habian motivado el propio, les obsequio con un curso avanzado del improperio espanyol en ejemplos practicos.
Mi paseo se convirtio en una caminata de seis horas por la fascinante Sydney. Hay ciudades que le encandilan a uno simplemente por el ambiente que se respira y sin duda esta es una de ellas. Ademas es una delicia contemplar los parques, los impresionantes edificios y, por supuesto, el asombroso edificio de la Opera. En Chinatown, una asociacion chino-masona celebraba aun el anyo nuevo con musica y dragones, lo que me resultaba un tanto familiar. La novedad era verlo sin el forro polar.
El mini-bus que habia de trasladarnos al aeropuerto era conducido por un callado hombre de ojos oscuros, pelo negro y piel morena. Algo nos decia que de Australia no era. Por romper el iceberg, le preguntamos que de donde venia y nos dijo que de Irak y volvio a su mutismo. Como el silencio empezaba a ser incomodo, le pregunte por la situacion de su pais y comenzo entonces a hablar atropelladamente gesticulando tanto con las manos que pense que la furgoneta acabaria en un '7-Eleven' entre una retahila de 'fuckin' americanos' y 'fuckin' petroleo'. Realmente habia en las lastimeras palabras de aquel hombre un tono de desesperacion y de profunda tristeza, asi que, cuando nos pregunto el nombre, Israel y yo nos miramos y dijimos que Luis y Pedro. Tampoco era cuestion de mentar la soga en casa del ahorcado.
Despegamos y dejamos atras Sydney sabiendo que, tras un periplo por la costa, volveriamos para intentar exprimir en lo posible aquella ciudad con un edificio de la Opera formado por gajos de naranja.
Bajo un metro de nieve se encontraba la ciudad de Hangzhou, famosa por su lago que ya describiera Marco, de la familia de los Polo.
Llegamos al hostal escasas horas antes de que diese comienzo el anyo chino de la rata, que menuda gracia para el que nazca bajo el auspicio de semejante bicho, sobre todo porque para esta gente eso determina la personalidad e inclinaciones. No se que implicacion tendra, pero yo naci en el anyo del conejo.
Preguntamos en el hostal que si en China era tradicion comer uvas e ir a ver peleas de borrachos, como en Espanya, pero nos dijeron que la gente no salia y consistia basicamente en prender bengalas, tirar petardos y lanzar fuegos artificiales. Y era cierto. Al dar las doce la noche se lleno de luces y explosiones y en cada puerta una familia miraba ensimismada la cielo mientras el padre manipulaba unas enormes cajas de las que salian con gran estrepito cohetes despedidos, que ahora me explico yo porque vimos en China tanta mano huerfana de dedo.
La chica del hostal estaba sin embargo triste y ojerosa porque le tocaba trabajar y no podia participar de aquel jolgorio, por lo que Isra y yo nos ofrecimos gentilmente a ir a por cualquier cosa que explotase un poco para ver si asi se contentaba. Ilusionada, dijo que nos acompanyaba si ibamos rapidito porque a esas horas no entraria nadie. De esta forma, recorrimos al trote las calles de Hangzhou bajo un espectaculo de cientos de fuegos artificiales con la esperanza de poder aportar a todo ello nuestro granito de polvora.
El primer sitio estaba cerrado. En el segundo se les habia acabado el material y en el tercero era el tendero el que estaba tirando los petardos. Despues de mucha busca conseguimos una bolsa con bengalas, pero habian pasado cuarenta minutos y al llegar al hostal el duenyo nos recibio con cara de perro pekines y empezo a reganyar fuertemente a la pobre chica. Tratando de explicar lo sucedido conseguimos enfadarlo mas, con lo que finalmente nos fuimos de alli, mientras la lluvia comenzaba a repiquetear sobre la abandonada bolsa de bengalas.
Sin duda, el tiempo que estuvimos en Hangzhou estuvo marcado por tan senyaladas fechas. Alli donde uno mirase encontraba farolillos rojos, familias sonrientes y entranyables ilustraciones de una rata. Ambiente festivo en la Romareda.

Vimos tambien un mercado de medicina tradicional donde vendian los mas raros unguentos y hierbas que, segun dicen, funcionan muy bien para cosas como el resfriado o las jaquecas, que no es como los carteles esos de Africa de 'se cura el sida'.
Sin embargo, una preocupacion mermaba nuestras unyas y nos fruncia el entrecejo. Para llegar a Hong Kong habiamos contratado un vuelo -el diablo sabra por que- a la ciudad de Guangzhou, cuya estacion de tren habia estado siendo noticia en medio mundo a causa de las tormentas y de batir el record Guinness de mas gente en menos sitio. Y si, precisamente era el tren la forma de llegar desde alli a Hong Kong. Ante la nada halaguenya expectativa de quedarnos encerrados en la ciudad emulando a Lopez Vazquez en su affaire con Telefonica, nos pasamos una semana preguntando cada diez minutos por las noticias que de alli llegaban, con dispar resultado. Unos pensaban que no debiamos ir y otros que no debiamos ir ni de conya. Solo los ultimas dias los medios oficiales anunciaron que la situacion estaba siendo normalizada y, descartando que se tratase de un anuncio con fines electoralistas, cruzamos los dedos y el umbral del aeropuerto.
Como cerdo agridulce en los palillos del destino, llegamos a Guangzhou, donde despues de tantas preocupaciones por fin nos enteramos que hay dos estaciones de tren, una para Hong Kong y otra para el resto de China. El caos que durante tanto tiempo nos habia desvelado era en una estacion distinta! Con un 'manda cojones' nos dirigimos a la nuestra, ejemplo de modernidad, y saboreando la taza de te que nos sirvio una azafata partimos de la ciudad preocupados por la situacion de la gente en la otra estacion. Pero solo un rato, despues nos dormimos.
Los dias en Hong Kong nos reconciliaron con la ciudad. Regresamos al hostal de las camas de juguete no por masoquismo, sino por necesidad, pues alli habiamos dejado la mitad del equipaje para no cargar con el en China, y descubrimos que aquel sitio tenia un aliciente inesperado. Desde la pequenya television de la habitacion se podia ver lo que gravaban las docenas de camaras instaladas en el edificio. No obstante, la disciplina deportiva de hurgamiento nasal en ascensor no llegara nunca a ser olimpica, porque con el rato acaba cansando. Acabamos pensando que el responsable de aquel Gran Hermano vecinal estaba realmente enfermo.
Como nos habiamos prometido no repetir en Hong Kong experiencias nocturnas por su poca aportacion ludica y su mucho mermar la bolsa, decidimos hacer turismo y nos pasamos dos horas en una cola a fin de tomar un tranvia que nos llevase a Victoria Peak, una colina cercana desde la que se divisa toda la ciudad. Y la verdad es que merecio la pena, pues las vistas del puerto y los edificios son magnificas y te dan la oportunidad de repartir codazos con la excusa de tomar unas fotos.
Al dia siguiente contemplamos por ultima vez la puesta de sol en Asia sobre el ala del avion que nos trasladaba, como habreis adivinado, rumbo a nuestro proximo destino.
La vida de una guia de viajes tiene que ser como la de la mosca del vinagre, sufrida y corta. La que viaja con nosotros tiene ya tres anyos y esta para jubilarse, entendiendose logicamente esto referido a la guia, que no hay mosca que aguante tanta helada. El alojamiento al que fuimos en Shanghai era definido como 'este vetusto y desgastado hotel es una de las mejores opciones entre los alojamintos mas economicos". Sin embargo, las carisimas alfombras, las escalinatas de brillante marmol y el impoluto uniforme de los botones anunciaban que en realidad aquel sitio era realmente exclusivo. Habia incluso un cartel que exigia que se vistiese adecuadamente, lo cual me daba hasta verguenza porque ademas de lucir unos harapos andrajosos, el frio habia impedido que nos hubiesemos podido quitar las mallas y leotardos en que nos embutimos al entrar en China, hace ya demasiado tiempo, y yo creo que fue a nuestro paso cuando se mustio el centro floral.
Efectivamente, la recepcionista nos informo de los desorbitados precios y cuando Isra le pregunto por la referencia de la guia se limito a decir que "eso era antes de la reforma". Pero como somos mas chulos que un VIII, nos dijimos que un dia era un dia y decidimos quedarnos ante el asombro de la recepcionista que yo creo que nos veia mas en un albergue de los de hacer cola para la sopa.
Y lo cierto es que ni Isra ni yo nos arrepentimos de la decision. Ese hotel fue el primero que construyo un occidental en toda China y el primero con electricidad en Shanghai y respiraba historia por los cuatro costados. Alli se alojaron Albert Einstein, Charles Chaplin o Ulysses S. Grant, estos dos ultimos, por lo que vimos en unos cuadros, dando tambien la vuelta al mundo. Me dije que quizas algun dia hicieran lo mismo con nosotros, pero despues recapacite y pense que que la unica pequenya oportunidad de que colgasen nuestra foto en un sitio como aquel es que nos largasemos sin pagar la cuenta.
Resumiendo, la habitacion era preciosa, el desayuno con diamantes y los pasillos largos de madera crujiente recordaban mucho a la pelicula de 'el resplandor', que si por alguna casualidad de la vida veo girar la esquina a un ninyo en triciclo hago una marca a los tres mil que me traen para las Olimpiadas. De todas formas, al dia siguiente cargamos con nuestras mochilas y nos mudamos de nuevo a un humilde alojamiento, para merma de nuestra comodidad y alvio de nuestros bolsillos, y nos despedimos tristemente del lujo y del botones.
Hay en Shanghai una cosa que se llama el Bund, que es como el malecon habanero, pero sin ruinas ni putas, con lo que pensandolo mejor no se parece en nada. Se trata de un paseo lleno de grandes bancos y edificios comerciales que dan sombra a una vieja estatua de Mao, lo cual sirve para explicar el comunismo que por aqui se estila.
Frente al Bund, en la otra orilla, un manojo de rascacielos forma un skyline impresionante y se congrega una gran muchedumbre para fotografiarlo, si bien las muchedumbres se congregan aqui con una facilidad inusituda, que no he visto yo tanta gente en todos los dias de mi vida. Las Paginas Amarillas de esta gente estaran seguro en proporcion a los edificios.
Sin embargo, no hay en Shanghai tanto problema con los idiomas y los menus de los restaurantes estan en ingles, aunque no por ello deja uno de agradecer que se acompanye con una foto la descripcion del plato, porque aqui las patas de pollo son estrictamente eso, veinte patitas con sus deditos y sus unyitas. Pero no todos los restaurantes son como la casa de los horrores. Una noche cenamos en uno estupendo, si bien nuestra camarera, la pobre, era la muchacha menos agraciada de China, que no es poco, y ciertamente parecia que le habian colocado las facciones de la cara como a mala leche. Eso si, nos obsequio entre plato y plato con una amplia sonrisa y, aunque su dentadura recordaba al perfil de La Pedriza, la verdad es que era una chica estupenda.
Pero como todo llega, llego el dia de dejar Shanghai y tomar un tren a Hangzhou. Cuando llegamos a la estacion comprobamos desolados que la unica ventanilla con cartel de 'se habla ingles' estaba cerrada y una muchedumbre se congregaba ante las veinte ventanillas restantes. Nuestra experiencia nos decia que en esas ventanillas especiales la taquillera suele tener mas o menos el mismo nivel de ingles que el hombre de Atapuerca, con lo que no nos queriamos ni imaginar lo que iba a ser la comunicacion en el resto. Pero como la necesidad agudiza el ingenio se nos ocurrio escribir en un papel, con ayuda de un mapa y la guia de conversacion, los caracteres chinos que significaban "tren Hangzhou manyana dos billetes", que dicho asi parece muy facil, pero nos pasamos veinte minutos imitando cuidadosamente unas letras como de patas de aranya con la sospecha de que aquello no iba a haber quien lo entendiera. Media hora de cola mas tarde llegamos por fin ante la taquillera, quien recibio con cara de extranyeza el garabateado folio que le entregamos. Miro el papel, me miro a mi, y cuando ya estabamos pensando que tendriamos que reescribirlo y hacer de nuevo la cola, nos pregunto en un perfecto ingles: "Y a que hora desean viajar los senyores?". Lo que son las cosas, despues de todo lo el esfuerzo, nos encontramos con la unica persona en todo el pais con acento de Oxford. Sorpresas te da la China.
Al dia siguiente ubicamos una vez mas nuestros equipajes en los estantes de un vagon de tren y partimos, como viene siendo habitual, rumbo a nuestro proximo destino.
Con una reverencia, un uniformado potero abrio la puerta de nuestro taxi y seguimos al botones que empujaba un dorado carrito con nuestros mugrientos equipajes a traves de una enorme puerta giratoria. Bajo una gran lampara de cristal, la recepcionista nos dijo que no, que la reserva de habitacion doble por ocho euros la noche no era en aquel hotel de cinco estrellas y que algun cuchitril habria en Beijing que tuviera el mismo nombre. Terriblemente decepcionados, salimos a la calle a preguntar si alguien conocia las senyas, si bien con el mismo resultado que si hubiesemos preguntado por Quique Camoiras. Aqui las unicas palabras que conocen en ingles son hello y David Beckham.
Nos encontrabamos una vez perdidos y sin hotel, por lo que fuimos caminando en direccion a Tiananmen, gigantesca plaza del pueblo este con mas restricciones al paso de bicicletas que al de tanques, y de cuyo extremo cuelga un enorme cuadro de Mao, que aun a sabiendas de que es chiste viejo, no me resisto a decir que que buena cerveza hacia ese hombre. El hotel por una vez era bien cuco y tenia inusitados lujos, como agua caliente o calefaccion.
La ciudad antes conocida como Pekin es enorme y aqui la gente ya no te mira tan asustada, ni los ninyos se rien, ni te senyalan tanto con el dedo, que una cosa es tener monos en la cara y otra que a veces parece que llevamos una caravana de macacos y babuinos. Que no se como podemos ser tan raros en un pais que este anyo celebra unas olimpiadas. Y esa es otra, o espabilan aqui con los idiomas o los del marathon se pierden seguro.
Para los coleccionistas de souvenirs no hay como contratar excursiones en hoteles y agencias de viajes. Sin embargo, tratar de llegar por tu cuenta a cualquier parte en China se convierte en un autentico reto. Asi, estar en la Gran Muralla antes de que lo haga todo el turisteo es una especie de gymkhana de gestos, dibujos y esquemas por ver si alguien te entiende. Pero alli estuvimos, tempraneros, disfrutando al amanecer de una de las maravillas del mundo completamente solos, salvo la presencia de algun vendedor de recuerdos que yo creo que duerme alli y forma ya parte del paisaje, y contemplando la muralla serpentear por los montes hasta perderse a la vista, con mucho frio -eso si-, que corre por alli arriba un cierzo que congela el alma. Nos fuimos de alli cuando los primeros autobuses de turistas hacian acto de presencia.

Quiza sea porque cogi frio en la muralla, pero visitando la Ciudad Prohibida me empece a sentir indispuesto y, como el ultimo emperador, tuve que salir de alli entre sudores frios.
Los tres siguientes dias los pase bajo un colchon presa de las fiebres. Y estaba yo delirando en unos de aquellos ratos cuando vino a interrupimme una figura que ante mis ojos tomo forma, como entre brumas. Tenia ropas chinas, rasgos chinos y acento chino, por lo me dije 'este va ser chino'. Se identifico como el Sr. Confucio y venia a reganyarme por mi mala vida y por no sentar la cabeza, o eso pense yo, porque el tio hablaba muy raro. "Llegado ha el momento de purificar el corazon y cambiar de fisonomia, que quien siembra melones recoge melones y quien siembra habas recoge habas", me dijo. Yo, ni que decir tiene, me quede de pasta boniato. No entendia quien era ese senyor, ni que hacia en mi habitacion, ni que intenciones tenia para conmigo, ni porque queria que plantase yo habas. Sin embargo, me repuse de la impresion -el chino estaba flotando a dos palmos de la moqueta- y, tirando de refranero espanyol, le espete orgulloso: "mire vuesa merced, que el lobo muda el pelo, mas no el celo, y con buen vino hago yo el camino que el tiempo presente al mentarlo ya es ausente", con todo lo cual se quedo muy impresionado. Bueno, tambien le dije que "a la mujer barbuda de lejos se le saluda", que no tiene nada que ver con lo que alli tratabamos, pero esto lo dije mas que nada para confundir.
Repentinamente, el muy venerable anciano, mudo el gesto de venerable por otro como de cabreo y, entendiendo que lo habia desafiado, respiro hondo y comenzo a flotar sobre mi cama, que pense yo que como se me cayese encima iba a despertar a Isra y a ver quien era el guapo que explicaba aquello. Pero el volatil octogenario no se daba por vencido y se mostraba confiado en salir victorioso de tan lenguaraz batalla: "Aunque se haya perdido la oveja nunca es tarde para reparar el aprisco, que el dragon inmovil de las aguas profundas se convierte en victima de los cangrejos y el que ha desplazado una montanya empezo moviendo las pequenyas piedras". En aquel momento me senti desarmado ante tanta sabiduria y tan rendido que con toda seguridad habria salido derrotado de tan proverbial duelo, si no es porque a mi lado comparecio, tambien entre brumas, Don Miguel de Cervantes en mi ayuda para soplarme al oido el refran castellano que finalmente derroto al sabio dejandole sin replica o argumentos: "hombre refranero, maricon o castanyero".
El Sr. Confucio se fue sin decir nada mas, y con el se marcharon tambien mis fiebres. Yo no habia podido disfrutar demasiado de Beijing, pero me encontraba ya totalmente recuperado y dispuesto de nuevo a afrontar lo que el viaje nos deparase.
"Que buena punteria hemos tenido", pensaba yo a una semana de empezar el viaje, cuando cai en la cuenta de que ibamos a vivir in situ el Anyo Nuevo Chino. Lo que yo no sabia entonces es que esta fiesta supone el mayor exodo anual en todo el globo terraqueo. Millones de chinos tratan de llegar a sus casas desde cada rincon de China y del planeta, lo que da lugar a colapso de autobuses, trenes e hidroaviones si los hubiera, y hacen que aprender euskera sea un juego de ninyos comparado con la dificultad de conseguir un billete a cualquier parte. Si a ello anyadimos que China esta viviendo el peor temporal de frio y nieve de los ultimos cincuenta anyos, resulta que no es que no hayamos tenido punteria, es que no acertariamos a un oso borracho.
Lo del temporal es cosa seria. Hay aeropuertos paralizados, autopistas principales cortadas con gente que lleva dias en el coche, casi dos millones de evacuados... ciento cinco millones de afectados! Shanghai ha tenido que cerrar el puerto con mas de mil barcos dentro y por primera vez en ciento cincuenta anyos se encuentra en situacion de alerta amarilla, que yo no se exactamente lo que es eso, pero si me hubiesen preguntado de que color serian las alertas en China lo hubiese adivinado. Pero vamos, que aqui lo del tiempo esta para pocas bromas.
Con este panorama, la principal noticia ha sido la visita del presidente de esta gente a la estacion de tren de Guangzhou, donde hay mas de cinco mil personas hacinadas, apretadas unas contra otras, que no cabria una modelo, sin poder ir a ningun sitio desde hace una semana, y muestran los telediarios como a su llegada ha sido recibido con vitores y cerradas ovaciones de todos los presentes. Hecho el reportaje ha vuelto a su limusina y ha dicho al chofer 'nos vamos a ir yendo, que esta gente tendra que madrugar'. Yo no cual es el motivo, si sera el caracter o es que nosotros le damos mas importancia a pequenyas cosas como el concepto de prevision, pero si eso lo hace en Espanya se lo comen vivo.
En todo caso, Isra y yo cruzamos los dedos para que mejore el tiempo porque o surge un plan B o necesariamente vamos a tener en el futuro que pasar por la estacion de tren de Guangzhou, y no es cuestion de pegarse por una bocanada de aire, sobre todo cuando son mas y saben kung fu.
Asi las cosas, nos dejo el tren en la estacion de Pingyao a muchos grados bajo cero. La noche era negra como boca de lobo y el taxista que nos recogio tenia los dientes como la boca de otro lobo. En silencio nos condujo a traves de las murallas por el empedrado de unas calles desiertas sin mas iluminacion que unos faroles chinos que llenaban la noche de pequenyas luces rojas. Bajo una de aquellas luces se encontraba nuestro hospedaje.
Una amigable familia china nos dio la bienvenida a su establecimiento ofreciendonos vasos de agua hirviendo, no para beber, sino para calentarse las manos. Comprobamos sorprendidos que en la escasamente iluminada estancia no eramos los unicos occidentales. Un irlandes y un matrimonio neozelandes celebraron mucho nuestra llegada y, como si fuesemos del mismo pueblo, comenzamos a cenar y departir alegremente hasta altas horas de la madrugada en que fuimos pasando de los brazos de Baco a los de Morfeo, salvo Isra, que se quedo a sufrir ante el televisor la derrota del Atleti ante el Mallorca.
Al dia siguiente alquilamos unas bicis y nos fuimos a pedalear alegremente. No tanto el neozelandes, que amanecio aquejado, segun pude traducir, del mal conocido como cagarrinas.
Pingyao es una pequenya ciudad amurallada y todas sus casas, que son de la epoca imperial, se conservan intactas, lo que da al lugar el aspecto de estar, como un Rolex de mercadillo, detenido en el tiempo.
Hay en Pingyao un buen numero de puestos callejeros de los que se dedica la mitad a comerciar con antiguedades y la otra mitad con cientos de articulos que rinden culto a la personalidad de Mao. Mecheros de Mao, camisetas de Mao, pato requemao y un larguisimo etcetera, y fue en uno de estos puestos donde un hombrecillo me hizo senyas para que entrase en su tienda. Yo le dije que no, entre otras cosas porque con el frio no estaba seguro de poder despegar las manos del manillar. Entonces el hombrecillo se metio en su local y regreso ocultando algo entre las ropas. Como en secreto, retiro el panyo que cubria su tesoro y me mostro una serie de tablillas en las que torpemente habia dibujada una mujer desnuda. Decline gentilmente la oferta y pense que es curioso que la persecucion de la pornografia por parte del Gobierno chino, que se paga incluso con la vida, hace que aquellas miserables tablillas se conviertan casi en objeto de contrabando. Si este hombre supiera que revistas leen las adolescentes espanyolas sufriria con toda seguridad una lipotimia.
Los dias en Pingyao fueron muy dichosos con aquella familia, si bien la senyorita electricidad salio a por tabaco y no volvimos a verla y nosotros dejamos la ciudad sumida en la mas absoluta oscuridad rumbo, una vez mas, a nuestro proximo destino.
Que frio hacia en Xi'an!
Pagamos en el aeropuerto 100 yuanes a un taxista para que nos llevase a la ciudad, lo que nos parecio en un primer momento caro pero no tanto cuando vimos que distaba cuarenta kilometros y habia que atravesar una estepa congelada, que mas parecia que estuviesemos es Siberia.
El taxista, el hombre, dominaba el ingles tanto como yo domino el kurdo y en varias ocasiones hubo de parar su vehiculo y mostrarle yo en un mapa, a la luz de los faros delanteros, cual era el hostal al que pretendiamos llegar aquella noche.
Definitivamente, la gente del hostal no era tan afable como la de Yangshuo. Quizas influyese que Isra no habia dormido bien y pospusiese una visita que teniamos contratada, exigiese un cambio de habitacion porque las camas eran duras, se quejase de que la conexion a internet fuese lenta o pidiese mas almohadas. Como el chorro de la ducha era minusculo, tambien manifesto su desagrado porque no teniamos agua en la habitacion, lo que provoco (ya hemos dicho que casi nadie habla ingles) que una chica subiese a mano hasta nuestra habitacion de la cuarta planta una garrafa de veinte litros de agua. Creo que despues de nuestra partida han cambiado el nombre al hostal por el de 'Santo Job'.
Me gusta Xi'an. Esta rodeada por una antigua muralla de dieciseis kilometros que alberga grandes avenidas con impresionantes edificios, como 'la torre de la campana' y, quizas porque era uno de los extremos de la ruta de la seda, conserva un barrio musulman con las mismas carnicerias de cuerpos bobinos colgantes que puedes ver en Marruecos o Turquia, pero aqui todos son chinos. La mezquita es de las mas bonitas que he visto, pues esta formada por edificios pagodiformes con un coqueto jardin que se encontraba cubierto por la nieve mientras el iman llamaba a la oracion. Una mezcla oriental y musulman que bien merece la visita.
Pero sin duda, la visita estrella en Xi'an son los guerreros de terracota, impresionante ejercito de mas de seis mil figuras de tamanyo natural, todas distintas, con mas de dos mil anyos de antiguedad. Contemplarlas en el silencio de una camara mas grande que un estadio de futbol es algo que realmente sobrecoge. Ciertamente, es el sitio idoneo para quedarse de piedra.
La estacion de trenes de Xi'an se encuentra escoltada por las impresionantes murallas y es un lugar al que conviene ir con tiempo, circunstancia esta ultima que ignorabamos. Para entrar, ticket en mano, es necesario esperar una cola de diez minutos y hay un caos impresionante de gente portando fardos, militares y letreros exclusivamente en mandarin. Mal que bien, accedimos a nuestro vagon cuando el silbato de los operarios anunciaba la inminente salida del tren y nos las vimos y deseamos para ubicar nuestras mochilas en los atestados estantes para equipajes. Sin embargo, una anciana me indico por senyas que no me preocupase y que recolocase todos los equipajes para hacernos un sitio, con lo que, agradeciendo sinceramente su presencia me puse a jugar al tetris saltando entre literas. Horas mas tarde, las vegetaciones de aquella mujer me hicieron cambiar drasticamente la opinion que de ella tenia. Que manera de roncar! Ni poniendome tapones en los oidos deje de temer que cualquiera de aquellas sacudidas pudiera ser motivo suficiente de descarrilamiento!
Los trenes chinos son buenos para familiarizarse con el ingles. No porque se practique -ni mucho menos-, sino porque si escuchas a alguien hablando ingles va a parecerte como de la familia. Nadie habla ingles en los trenes chinos!
Como a Isra le dio por leer, ese feo vicio, y yo ya iba teniendo hambre, me acerque hasta el vagon restaurante buscando algo que llevarme a los molares. Y puedo decir que, si en algun momento de mi vida he sido centro de atencion, fue sin duda en ese. Como eramos los unicos occidentales en el tren, mi presencia alli era algo sorprendente y divertido. Todo el mundo me miraba, e incluso los del fondo del vagon se ponian de pie para no perder ripio. Iluso de mi, pregunte algo en ingles y la respuesta en chino del cocinero fue celebrada por todo el vagon con grandes risas y alborozo, que algunos hasta pataleaban senyalandome con el dedo. Como pude, indique que queria algo de comida y como quiso me indico el cocinero que costaba veinte yuanes. Pero lo que saque del bolsillo, para colmo de mi desgracia, fue un billete de veinte dolares hongkoneses, que casi entrego al cocinero entre la mofa y befa del exaltado auditorio. Pense que la llegada de mi arroz con tofu retornaria a la concurrencia a sus asuntos, pero parece ser que mi manejo de los palillos era el numero fuerte de quel circo. En fin, que le vamos a hacer, me dije, y brinde con una cerveza a la salud de todos aquellos cachondos, lo cual fue respondido con guinyos de ojo y palmaditas en la espalda. Toda una experiencia, los trenes chinos.
Cruzamos la frontera china en Shenzhen, conocida por ser la capital del crimen china, lo cual no nos asusto en absoluto, principalmente porque el dato lo conocimos mucho mas tarde. Pero fue pisar China y darnos cuenta de que todo cambiaba. No habia ni un solo letrero en ingles, los cubiertos no existian y la comunicacion, incluso para lo mas basico se hacia terriblemente dificil. Ademas, dejabamos atras las sonrisas tailandesas y su lugar era ocupado por la costumbre china de escupir constantemente, lo que era frecuentemente precedido de un profundo sonido gutural que extraia de lo mas profundo de las anatomias la materia que era arrojada a nuestros pies. Tambien descubrimos en esas primeras horas la ancestral tradicion de sorber la sopa y los fideos y ofrecer gentilmente la imagen de lo que en cada momento se mastica. Todo ello, propio de unos exquisitos modales dignos de la mesa de un Emperador.
Debiamos tomar en Shenzhen un autobus nocturno de diez horas hacia la provincia de Guilin. Me pase las horas de espera cruzando los dedos para que no fuera en uno de aquellos de minusculos asientos, sin espacio para las piernas. Sin embargo, cuando llego el nuestro comprobe alborozado que se trataba de un 'autobus-cama' con una especie de literas en las que me senti muy calido y confortable viendo pasar por mi ventanilla la China bajo la luna. Solo me perturbaban unos lamentos procedentes de las literas del pasillo. "Cagonlaputa, Luis!", retumbaba en el pasillo. "La ultima vez que monto en un autobus de mierda de estos!".
Con el alba nos dejo el autobus en Yangshuo, precioso pueblecito rodeado de montanyas con construcciones de madera de la que cuelgan farolillos rojos. Lo primero fue comprar ropa de abrigo. Cazadoras de gore-tex a muy buen precio, bufanda, guantes, gorro... Si, las cosas habian cambiado y yo me acordaba de Ko Chang, donde en ese momento estarian celebrando en la playa la fiesta de la luna menguante o vaya usted a saber que cosa.
El caso es que el pueblo es muy bonito pero la calefaccion no la conocen y tuvimos que cenar con un brasero. Nos pusieron los Beatles y utilizamos la guia de conversacion con los camareros para reirnos mutuamente de nuestras pronunciaciones. Esa noche dormimos con bufanda.
Llendo hacia el desayono un nativo se nos ofrecio como guia y le aceptamos, que ingles no hablaba pero parecia majo. Se llamaba Yol Di pero fue inmediatamente rebautizado como Jordi y nos llevo en bicicleta (cada uno con una, se entiende, que no era cosa de abusar) a descubrir un paisaje fascinante de colinas puntiagudas, arroyos, campesinos, bufalos de agua y campos de arroz.

Tambien nos llevo Jordi a unas cuevas donde los lugarenyos se dan unos banyos de barro pero pensamos que si saliamos empapados en barro liquido a quince bajo cero corriamos serio riesgo de quedarnos tiesos y alguno pensaria que dos guerreros de Xi'an se habian fugado.

Jordi nos invito a conocer el restaurante de su hermano Pol, donde la calefaccion era tambien suplida por unos grandes braseros repletos de ceniza y de, como su nombre indica, brasas. Y en cada uno de ellos habia una lata de coca-cola. Degustaba yo las delicias culinarias que la mujer de Pol tuvo a bien prepararnos mientras Isra se entretenia con las tenazas. Y yo no se si la lata de coca-cola estaba llena de agua para que se evaporase o por que motivo, pero lo que esta claro es que Isra no debio haberla volcado sobre las brasas. De repente y con estrepito, una nube de vapor se elevo hasta el techo desde el brasero mientras miles de particulas de ceniza flotaban por el aire inundando el local y posandose sobre nuestros platos de noodles con cerdo y sobre los del resto de comensales. Pol y su familia corrieron tratando inutilmente de paliar el danyo, mientras todos los presentes eramos victimas de un ataque de tos, a excepcion de Isra, que con la cara y el pelo blanco sostenia inexpresivamente aun en sus manos las tenazas.
La verdad es que esta gente es estupenda. Si en Madrid entran dos chinos en un bar de barrio y preparan la que preparamos nosotros, es mejor que no se queden a ver la reaccion del tabernero. Aqui todo fueron sonrisas y, de hecho, nos quedamos con Pol y su familia hasta bien entrada la noche en lo que se convirtio en una especie de degustacion de cerveza local. Y acaso fuera a esta debido que me enternecio el interes de Pol por la lengua de Cervantes ("muchos espanyoles, mucho dinero", decia) y acabe entregandole la guia de conversacion, lo cual fue un grave error porque en lo sucesivo iba a necesitarla y porque es absurdo pasearla por medio mundo para deshacerse de ella nada mas entrar en China.
Creo que recordaremos siempre lo agradable que fueron los dias en Yangshuo, paseando en bicicleta por unos parajes de ensuenyo y por unas calles empedradas repletas de gente afable que no acostumbra a recibir visitas tan entrado el invierno. Desde el aeropuerto de Guilin nos despedimos emocionados de aquella tierra rumbo, una vez mas, a nuestro proximo destino.
Quizas en desgravio, mi mochila fue esta vez una de las primeras en comparecer en la cinta de equipajes. Apenas dos horas de vuelo nos habian trasladado hasta nuestra siguiente parada y fonda: Hong Kong.
Tomamos en el aeropuerto un autobus e hicimos el trayecto con la boca abierta por los rascacielos y puentes que por alli se estilan. Nos dejo en una centrica calle llena de luces de neon y grandes pantallas con videos publicitarios, que no parecia sino que habiamos llegado al futuro. Tardamos, en aquel escenario de Blade Runner, en dar con el hostal que recomendaba la guia, sobre todo porque se trataba de un gran edificio sin cartel o referencia alguna a excepcion de un folio que en ingles decia: "La Asociacion de Vecinos no esta de acuerdo con el negocio de hospedaje que se efectua en este edificio y esta tomando medidas contra el mismo. Cualquier perdida o danyo que pudieran sufrir los huespedes sera de su entera responsabilidad". 'Pues que buen rollete -pensamos- igual el presidente de la comunidad nos esta esperando con un trabuco en el rellano!'. Nos planteamos que hacer, pero no conociamos mas alojamiento por la zona y eran mas de las doce de la noche, por lo que aprovechamos la salida de unos vecinos de mirada hosca y, sintiendonos en 13 Rue del Percebe, entramos en el edificio.
Tras la puerta de acceso habia un mostrador sobre el que dormia profundamente un hongkones ataviado con uniforme de portero. Al menos en eso son igual que en Espanya. Fuimos explorando impunemente las plantas del edificio hasta dar en la tercera con una puerta a traves de la cual se veia una especie de recepcion con un aletargado lugarenyo que nos explico que, dadas las horas, solo podia ofrecernos una habitacion humilde que, no obstante, cobro al precio de las demas.
Efectivamente, la habitacion no solo era humilde, sino que era ademas la mas pequenya que yo habia visto en mi vida. La unica razon por la que cabian dos camas es porque seguramente las habian aprovechado del rodaje de Blancanieves, porque es normal que en ocasiones te asomen los pies por un extremo de la cama, pero no que sea a la altura de las rodillas, que nunca antes habia estado yo tumbado apoyando en el suelo las plantas de los pies. El aseo, como casi todos, carecia de banyera o plato de ducha (te duchas en el suelo), pero este se caracterizaba ademas porque para entrar habia que sacar el bote del champu. No habia sitio para los dos en ese banyo.
Y asi, dormimos como dos cerillas en aquellas liliputienses camas y la noche se hizo tambien corta y nos despertamos mas cansados que cuando nos acostamos.
Salimos del hotel somnolientos y aturdidos, sin haber desayunado por temor a que, viendo las habitaciones, fuera el desayuno en proporcion y en vez de los dos huevos fritos que tenemos por costumbre, sirvieran uno solo y de jilguero.
Caminamos buscando un lugar donde yantar y que, a ser posible, tuvieran algo de cafe, pues el tambien minusculo chorro de la ducha no habia conseguido despejarnos y luciamos unas leganyas del tamanyo de Madagascar. Acostumbrado a Madrid, en que hay mas bares que personas, resultaba increible no poder encontrar una sola cafeteria donde desayunar algo.
Y en este trance nos hallabamos cuando repentinamente nos vimos literalmente atropellados por una marea humana que, a velocidad de vertigo, se dirijia en todas las direcciones. Nos encontrabamos absolutamente desorientados cruzando un paso de cebra con todos los vehiculos confundidos de carril y rodeados de aquel gentio, con la impresion de que todo el mundo sabia donde iba menos nosotros. No sabiamos que hacer, pero visto el ritmo de esa gente, habia que hacerlo rapido.
Buscando inconscientemente con la mirada un cartel de Mahou, observe que habia en medio de aquel gentio unos tios con bata blanca manchada de sangre que al parecer denunciaban el robo de organos en no se que hospital chino y exhibian una camilla en la que una mujer yacia maquillada como una muerta... y nadie reparaba en ello! Me sentia como Paco Martinez Soria en 'La ciudad no es para mi', cruzando la calle con las gallinas y preguntando a un guardia que los de su pueblo cuando pasan.
Volvimos al hotel y cambiamos la habitacion por otra mucho mas grande que aun era pequenya.
La noche nos llevo sin poner mucha resistencia hasta Lan Kwai Fong, popular por sus bares y restaurantes. Pero despues de cenar en un bar de tapas espanyolas y tomar un par de pintas en un irlandes decidimos buscar algo menos occidental, que para eso no hemos venido. Nos dirigimos a un lugar conocido por los nativos como Joe Bananas, pero alli el que no era escoces era frances o italiano. Peregrinando por la zona unos espanyoles nos dijeron que estaban fascinados porque era todo 'muy oriental'. Respondimos que para escuchar a Shakira y beber Heineken a cinco euros no hacia falta salir de Madrid.
Resumiendo, la noche de Hong Kong nos parecio de largo la mas sosa en nuestro periplo y nos habiamos gastado, sin exagerar, cuatro veces mas que en todas las anteriores juntas. Ahora creo que si los ingleses devolvieron Hong Kong no fue en cumplimiento de ningun tratado, sino porque resulta carisimo.
Al dia siguiente tomamos el tren hacia Shenzhen, en la frontera real de China. Quizas es que llegamos a Hong Kong cansados, pero no le hemos tomado la medida. Tenemos que volver, de modo que habra ocasion de hacerlo. Eso si, la proxima vez va a salir su padre.
No hay mal que cien anyos dure ni hippie que no madure. Con esta premisa, no hicimos las maletas porque ni falta hizo, y nos propusimos a la luz del dia buscar nuevo alejamiento en tan agreste isla. Como supervivientes de un programa de telecinco seguimos, apartando ramas, las indicaciones de los carteles que rezaban 'to the beach' y descubrimos para nuestro asombro que aquella isla tenia mar, y que tenia tambien una magnifica playa con unos bungalows confortables y limpios, que hizo que Isra y yo dirigieramos, al unisino y sin premeditacion, un solemne corte de mangas hacia el lugar de los hippies.
Hace anyos comenzaron a celebrarse en Tailandia los solsticios de verano con fiestas nocturnas en la playa. Pero visto que aquello fue un exito enorme de publico y critica, se empezaron a celebrar cada mes las llamadas 'fiestas de la luna llena'. Y dado que aqui no le hacen ascos al dinero extranjero, se ha anyadido recientemente las 'fiestas de la media luna' al calendario de festejos y celebraciones. Se espera que en proximas fechas sea instaurada en el pais la 'fiesta de la luna y punto', que hay que ver como gusta el jolgorio por estos pagos.
El caso es que una de estas fiestas coincidio, como no, con nuestra estancia en la isla de Ko Chang y vimos transformada la playa en una discoteca con musica, focos, DJ internacional y una bebida servida en cubos de playa compuesta por Red Bull y whiskey local, brebaje tan fuerte este que haria brotar la barba a un ninyo de cuatro anyos. En resumidas cuentas, a excepcion de nuestra frustrada iniciacion en la filosofia hippie, la estancia en Ko Chang fue fantastica, y hasta nos paseamos en elefante. Lo pasamos genial o, como diria Leticia Sabater, chupichachi.
Nuestro regreso a Bangkok estuvo marcado por una sorpresa inesperada. En el hotel estaba, con las asas abiertas, esperando mi anyorada mochila. Parece ser que los de la companyia aerea la habian enviado a la unica direccion que les constaba. Debo decir que a pesar de la alegria, despues de aprender a viajar sin equipaje y con las manos en los bolsillos, tambien pense que ahora me veia forzado a cargar durante el resto del viaje con veinte kilos a la espalda, pero no dije nada porque despues de todo el periplo todavia esta algo sensible y se pone tontorrona.
Quien viaja a Paris ve la torre Eiffel y ve la Gran Muralla quien viaja a Gaza. Del mismo modo, el turista en Bangkok suele visitar el barrio de Pat Pong. Al igual que el Barrio Rojo de Amsterdam, en Pat Pong la industria del sexo se ha convertido en atraccion turistica. Son calles llenas de "locales de espectaculos" en que muchachas, como Buda las trajo al mundo, demuestran una habilidades circenses con aquella parte del cuerpo en que acaban las piernas, y con los pies no hacen nada. Asi, tan sorprendente es verlas apagando velas, lanzando dardos o arrojando pelotas de ping-pong al publico, como ver entre este matrimonios de alemanes o franceses aplaudiendo divertidos cada numero como si estuviesen presenciando el Show de la foca Piluca. En general se percibe que aunque alguna hay de natural fogoso y casquivana como La Muelles (moza esta de mi pueblo que tal apelativo recibe por su aficion a los colchones de aquella clase), en su mayor parte se encuentran explotadas por el negocio, lo que hace que en conjunto sea algo desagradable y sordido.
Tuve yo en Bangkok una esperiencia casi mistica. Probablemente los que leais esto acudais frecuentemente a peluquerias de reconocido prestigio internacional, como Jofer o Marco Aldany. Sin embargo yo voy siempre a mi viejo peluquero de barrio, que te corta el pelo y listo. En Bangkok me lavaron previamente tres veces la cabeza con masaje capilar de al menos media hora. Me cortaron el pelo a tijera. Mas lavado, mas masaje. Me cortaron el pelo a navaja. Mas lavado, mas masaje, un poquito de gomina y me han dejado bien guapeton. Y todo ello por un euro y cuarenta centimos al cambio. No se si tanto lavado encierra algun tipo de indirecta, pero me quede estupendamente. Echas de menos, eso si, el analisis de la jornada de Liga y alguna critica al Gobierno.
Apenas unas horas despues, un taxi nos dejaba en el aeropuerto internacional de Bangkok, rumbo a nuestro proximo destino.
El volumen de la television de los autobuses camboyanos es directamente proporcional a la necesidad que uno tenga de descanso. Cuanto mas necesitas dormir mas alto ponen unos video-clips horrorosos de baladas estridentes que te hacen pensar que incluso las penas de prision que por aqui se estilan no son tan desproporcionadas para los autores de tales aberraciones.
Fue en uno de estos autobuses con cortinas de fantasia con el que llegamos a Sihanoukville, un pueblecito costero de bonita playa, al final de la cual se encuentra el Tranquility Place, hospedaje que hace honor a su nombre y es regentado por Ian, afable britanico que hasta alli ha llevado sus huesos y los de su familia.
Ian nos mostro dos habitaciones, de cinco y diez euros. La diferencia estaba en el aire acondicionado. Nos decidimos claramente por la primera, porque pagar diez euros por una habitacion doble en primera linea de playa nos parecio carisimo. Nos llamo la atencion que la television tenia todos los canales ingleses de pago, y en la mayoria estaban retransmitiendo partidos de futbol de aquel pais. Sin embargo Ian nos comento, mientras leia prensa deportiva y no perdia detalle del Everton-Arsenal, que su familia era muy feliz... si no es porque echa de menos el futbol!
Resumiendo, que Ian tenia, de todos los establecimientos de la playa, el unico que poseia un autentico refrigerador, con lo que podeis imaginar lo que supuso estar tumbado al sol en aquella playa maravillosa, con una jarra helada de cerveza, pensando el frio que tiene que hacer en Madrid, mientras te ofrecen fruta, langosta o collares. Creo que me gusta Sihanoukville.
Como la puesta de sol estaba siendo espectacular, nuestra voluntad se torno laxa y nos dejamos convencer para darnos un masaje en la misma playa. Que manera de sufrir, oiga. Hora y media de masaje despues, pagamos el euro y medio que costaba al cambio y al incorporarnos descubrimos el cielo totalmente oscuro y la playa iluminada por cientos de velas y antorchas y fuegos artificiales. El panorama era fascinante. A ritmo de reagge, cenamos de una barbacoa junto a una hoguera y decidimos que ya era hora de presentar en sociedad a nuestro viejo amigo Johnnie Walker, quien fue recibido con vitores y alabanzas entre la concurrencia del hotel, entre la que se encontraba un espanyol llamado Manolo, hippie de profesion.
Manolo tendra unos cuarenta anyos y tiene un aire a Keith Richards, pero mas estropeado. Segun nos conto, 'trabaja de temporada', es decir, sin descanso durante los meses de verano y con ello saca suficiente para vivir el resto del anyo, por lo que se pasa meses viajando. Al final Jimenez del Oso iba a tener razon cuando decia que habia en el universo otras formas de vida. Creo que voy a llegar a Madrid bailando claque y cantando 'Mama, quiero ser hippie'. Le dijimos que nuestra proxima parada era la isla tailandesa de Ko Chang y nos recomendo ir a la playa de Lonely Beach porque 'mola mucho, tios, que es mogollon de hippie'. De esta forma, despues de despedirnos del Sr. Manolo y del Sr. Walker (D.E.P), trazamos nuestros planes de acuerdo a su propuesta.
Como todas las habitaciones desocupadas del hotel se encontraban abiertas, esa noche dormimos en la del aire acondicionado y cuando amanecio, sintiendonos unos vandalos, regresamos a nuestro humilde alojamiento de cinco euros.
Comenzaba entonces sin sospecharlo una larga jornada de viaje. Desde Sihanoukville tomamos un barco hasta un pueblo cerca de la frontera, a la que llegamos en el remolque de una camioneta. Hecho el tramite del lado camboyano, fuimos a pie hasta el puesto fronterizo tailandes. Desde alli, un mini bus comunal nos llevo hasta Trat, donde cogimos un taxi al puerto y alli un ferry hasta la isla.
Se dice muy rapido, pero habian transcurrido mas de quince horas de viaje cuando un tuc-tuc local nos dejo en un oscuro camino anunciandonos alegremente: 'Lonely Beach!'. Y tan lonely! Como que alli no habia nadie. Comenzamos a andar buscando un alojamiento, pero pasada la media noche solo habiamos encontrado rusticas cabanyas, todas ellas ocupadas. Cargando las cada vez mas pesadas mochilas, arrastrando las cada vez mas fatigadas piernas, llegamos hasta una especie de construccion de madera y paja con escasa iluminacion, donde un thai devoto de Bob Marley nos ofrecio por fin un alojamiento. Se trataba de una cabanya de bambu y techo de paja, con suelo -no de piedra, sino de piedras-, dos colchones -por el tacto, tambien de piedra- y una triste bombilla de luz naranja-mortecino que apenas alcanzaba a iluminar los ultimos insectos de la pared. El banyo, que se encontraba a un buen paseo de distancia, directamente carecia de iluminacion, y se componia basicamente de un agujero en el suelo y una especie de palangana en la que flotaba un cazo que hacia las veces de ducha. Denegue por tanto a mi maltrecho cuerpo el banyo que a gritos me pedia y fui a degustar una cerveza tibia junto a un grupo multinacional de hippies cortados por el mismo rasero que Manolo. 'Bienvenidos a la familia', decian, yaciendo todos por el suelo en similar estado de relajacion. 'Habeis tenido suerte, porque este es el mejor sitio de Ko Chang. Es como para pasarse aqui tres meses'. Yo no se si era por mi estado de cansancio extremo o porque al intentar ponerme las lentillas en esas condiciones me habia metido una hormiga en un ojo, pero al pensar vivir alli como los Picapiedra tan solo un dia mas me daban ganas de arrancarle la cabeza a alguno de aquellos hippies. La madre que pario al Manolo! Desearia que se pudriese en el infierno si no es porque quiza lo considerase como 'muy hippie, tio'.
No es por presumir, pero soy el que menos cosas tiene de todos los que viajan por Camboya.
El puesto fronterizo de Poi Pei es un autentico caos. Los coches y el asfalto tailandeses dejan su paso a la tierra y a unos enormes carros de madera cargados de sacos y arrastrados por unos tipos de gorro puntiagudo.
Tras pasar el tramite del lado tailandes, se atraviesa un polvoriento puente hacia el puesto camboyano, donde antes de llegar fuimos asaltados por un sonriente militar que nos invito amablemente a entrar en lo que dijo era su ofcina. Alli nos explico que teniamos que pagar unos veinte dolares por los visados. Pero como no teniamos dolares americanos, ni riales camboyanos, ni baths tailandeses (Jesus, que noche), yo le ensenye un billete de cincuenta euros para ver si le sonaba. El, con la misma cara que tendria si le hubiese mostrado un billete del Monopoly, me pregunto que que era eso y le respondimos que era dinero y servia para canjearlo por bienes y servicios. Nos pidio el pasaporte, cogio el dinero y nos dijo por senyas que se iba a buscar una moto, porque dentro del territorio camboyano conocia un lugar no muy lejos donde podria cambiar nuestro dinero para despues desplazarse a otra oficina donde se encontraban fisicamente los visados y despues del pago oportuno regresaria a donde nos hallabamos con nuestros pasaportes, visados y el cambio de los cincuenta euros. O eso le entendimos, que habia que echarle imaginacion y tiempo. En todo caso, si hay algo que nos ha ensenyado el siglo XX es que los militares camboyanos son muy suyos para sus cosas, por lo que decidimos no contrariarle y nos quedamos en aquella cabanya con decoracion asiatico-austera fusionada con estilo 'programa de Jose Luis Moreno', mientras un enjambre de moscas revoloteaban tras nuestras orejas.
Veinte minutos mas tarde, y contra todo pronostico razonable, aquel hombre volvio con los pasaportes en regla y el cambio del dinero, ahorrandonos el tramite posterior, que por lo que comprobamos era mucho mas largo y tedioso.
Nuestro principal destino en Camboya era, por supuesto, Angkor. Un conjunto de templos tan solo comparable a las Piramides, la Muralla China, el Taj Mahal o Machu Picchu. Pero para llegar alli teniamos que atravesar una carretera de barro, piedras y baches solo comparable a las obras de Madrid, y el autobus que nos debia transportar hacia ya mucho que habia visto sus mejores dias (alrededor de la Segunda Republica, los veria). De hecho, no tenia siquiera un espacio para el equipaje, por lo que uno de aquellos rudos jemeres iba metiendo nuestras mochilas por la ventana mientras otro las reubicaba al final del vehiculo. Como no cesaba de subir gente al autobus y alli ya iba faltando espacio, me ofreci a sustituir al operario de dentro y fui colocando estrategicamente todas las mochilas en la parte de atras, de manera que una vez que el autobus estuvo completo y arranco, recolocamos Isra y yo el equipaje para poder ir tumbados durante las casi las siete horas que tardo en cubrir la distancia de doscientos cincuenta kilometros. Como unos reyes.
Los templos de Angkor son realmente impresionantes. Enormes construcciones comidas en parte por la selva que desafian al tiempo aunque alguno de ellos pierde la apuesta y se encuentra en claro estado de deterioro. Llegamos antes del amanecer y vimos salir el sol completamente solos en uno de los templos. Para mi es una de las maravillas del mundo.

Nuestro siguiente destino ha sido Phnom Penh, capital de Camboya. Nos alojamos en el humilde Hotel Indochina, situado frente al rio y en la zona mas europea, con construcciones francesas de estilo colonial. Una zona muy bonita que esconde en parte la autentica realidad esa ciudad, con casas de madera desvencijada, mutilados de los jemeres rojos mendigando y mucha miseria. El Palacio es muy vistoso y tiene una pagoda con el suelo de plata, pero fuera de sus muros hay demasiados ninyos durmiendo en la calle.
Bangkok es una mezcla de ruido, calor, musica, colores y unos puestos de calamares secos que tienen un olor nauseabundo y un aspecto repelente y sin embargo cuando los pruebas descubres que su sabor es repugnante. Sin embargo, no se que tiene esta ciudad que te mete el diablo en el cuerpo. En nuestra primera noche del viaje recalamos en una bonita terraza donde dos hermanos siameses de Siam perpetraban versiones de Nirvana que ya quisieran los Nirvana, y sin apenas darnos cuenta nos fuimos adentrando en el fascinante mundo de las cervezas a dolar. Y puede que sea porque el sol sale por oriente, pero a mi me parece que amanecio muy pronto y nos sorprendio Lorenzo enfrascados en un intenso debate con nuestro nuevo amigo Johnny Walker.
La tarde anterior, mientras suspiraba por esas costuras de mi mochila que la hacian tan coqueta, me habia informado de que a las siete y media de la manyana salia un autobus hacia Camboya. Eran las siete y diez y empezaba a ser hora de plantearse el pagar la cuenta. Como Bangkok se iba a cruzar de nuevo en nuestro camino, decidimos ir corriendo en zig-zag al hotel y dejar alli el equipaje de Isra para recogerlo a la vuelta, llevando con nosotros solo lo imprescindible para nuestra etapa camboyana. Exhaustos, llegamos al autobus cuando este arrancaba, pero antes de subir, Isra con aspecto pensativo me toco el hombro.
- No se, Luis, no lo veo claro.
- Pero si hemos llegado al autobus, que es lo que no ves claro?
- Pues que nos vamos a pasar diez dias en un pais extranyo llevando con nosotros solamente un neceser y una botella de whiskey.
Era cierto. En nuestra inconscienca beoda habiamos cogido lo que unico que consideramos absolutamente imprescindible y habiamos dejado otras menudencias como las pastillas para la malaria o dinero. Ahora estabamos alli, portando esos dos unicos enseres ante la perpleja mirada del conductor del autobus, de quien nos despedimos elegantemente agitando ante nosotros la botella de Johnny Walker.
Sin dormir, y borrachos como un ministro, recogimos algunos efectos mas del hotel, y nos concentramos en negociar el precio de un taxi hasta la frontera de Camboya. Ardua tarea, pues si el idioma de la Perfida Albion ya suena de por si raro en nuestras bocas, en aquel estado mas que Perfida era torpe y mamarracha.
Contratamos los servicios de un gentil taxista que amablemente accedio a transportarnos hasta la frontera al modico precio de un Congo, y nos metimos en el taxi. Sin embargo tras callejear un rato, el taxista nos condujo hasta una humilde casa, donde se apeo y tras pasar unos minutos en su interior, regreso del brazo de un anciano. 'Mi abuelo', dijo. Nuestra inicial mirada de perplejidad fue en aumento cuando ambos se despidieron y el humilde anciano, colocandose unas gafas de garrafa, se sento al volante del vehiculo y comenzo parsimoniosamente a conducirnos hacia la frontera camboyana.
Y fue en aquel trayecto infernal de cinco horas al calor de enero cuando Isra y yo llegamos a la conclusion de que tras la primera noche de locura, debiamos dejar atras la tonica inicial del viaje y la que acompanya a la ginebra, e hicimos firme proposito de enminda. Ya somos buenos.
Yo habia escuchado que viajando se pierde peso, pero no sabia que se referian a esto. Acabo de llegar a Bangkok y ya he perdido dieciocho kilos. Concretamente los dieciocho kilos que pesaba mi mochila. Asi es; cuando se ha detenido ese tiovivo de la angustia que es la cinta de equipajes, mi timida mochila se habia negado a comparecer ante toda aquella gente extranya. En el mostrador de reclamaciones una chica de sugerente nombre (Porn se llama), me ha dicho que firme un papel, que ya me llamarin. Me explico que seguramente por error mi equipaje se hubiese embarcado a cualquier otro aeropuerto del mundo, lo cual me dejo mucho mas tranquilo. El caso es que me encuentro en Tailandia a treinta grados, con una humedad de una burrada por cien, vistiendo unos vaqueros y camiseta de algodon de manga larga, y debo estar haciendo el ridiculo, porque tampoco es normal que la gente sonria tanto.
En este punto y dada la circunstancia de que el viaje que tenemos entre manos no es precisamente un fin de semana en Soria, procedia hacer una recapitulacion. El pequenyo bolso de mano con el que he volado contiene practicamente lo imprescindible para sobrevivir: pasaporte, tarjetas y las camaras de foto y video. Todo lo demas -me he dicho- es sustituible: ropa, neceser, calzado... y Bangkok es buen lugar para hacer unas compras, empezando por la propia mochila. De modo que Isra y yo, hemos valorado la situacion y finalmente hemos decidido hacer lo que todo hombre sensato haria: tomar un taxi hasta Khao San Road y brindar por todo el tiempo que he malgastado pensando si llevaria suficientes calcetines.
Como no habia demasiado trafico, el taxi solo ha tardado dos horas y cuarto en llegar a nuestro destino.
Como me gusta Khao San! Se trata de una calle peatonal con un numero infinito de luces de neon, bares estridentes, puestos de comida, vendedores de todo lo pagano y de lo humano y lo mas granado del ambiente mochilero en Asia.
Nuestros pasos se han dirigido al Khao San Palace Hotel, que si poco tiene de Hotel, mucho menos de Palace; pero toda vez que no teniamos previsto mas reserva que el del rioja de la vispera, nos toco peregrinar por esta fascinante calle hasta dar con una habitacion logobre y tan espartana que ni el mismisimo Atila hubiera pernoctado por no desenvainar contra tanta chinche.
Y previas las cervezas senyaladas, en esta situacion nos hallamos, resistiendo inalterables las embestidas del destino y dispuestos a partir manyna hacia Camboya con las manos en los bolsillos.
'Lo bueno deja de ser bueno cuando lo que esperas es mejor'. El titulo de esta cancion refleja lo que han sido mis ultimos dias en Madrid. Han pasado las Navidades, me he visto con un monton de amigos y me he despedido del trabajo, pero no he podido disfrutar plenamente de ello. Mientras brindaba por el anyo nuevo mi cabeza buscaba la manera de conseguir un visado para Camboya y miraba las cabezas de los langostinos como si pudieran decirme a cuanto cotiza el Bath.
Y es que, como muchos sabeis, hoy comienzo un viaje en direccion este con la intencion de llegar, si Colon estaba en lo cierto y no caigo en el abismo, por el oeste. Me voy a dar literalmente la vuelta al mundo. Finalmente no viajo solo, me acompanya mi colega Isra. Y a menos que me marqueis como correo no deseado, amenazo con informar puntualmente de todo ello. Un abrazo.
'Me voy a dar una vuelta' . Phileas Fogg.