Reporte.04
No es por presumir, pero soy el que menos cosas tiene de todos los que viajan por Camboya.
El puesto fronterizo de Poi Pei es un autentico caos. Los coches y el asfalto tailandeses dejan su paso a la tierra y a unos enormes carros de madera cargados de sacos y arrastrados por unos tipos de gorro puntiagudo.
Tras pasar el tramite del lado tailandes, se atraviesa un polvoriento puente hacia el puesto camboyano, donde antes de llegar fuimos asaltados por un sonriente militar que nos invito amablemente a entrar en lo que dijo era su ofcina. Alli nos explico que teniamos que pagar unos veinte dolares por los visados. Pero como no teniamos dolares americanos, ni riales camboyanos, ni baths tailandeses (Jesus, que noche), yo le ensenye un billete de cincuenta euros para ver si le sonaba. El, con la misma cara que tendria si le hubiese mostrado un billete del Monopoly, me pregunto que que era eso y le respondimos que era dinero y servia para canjearlo por bienes y servicios. Nos pidio el pasaporte, cogio el dinero y nos dijo por senyas que se iba a buscar una moto, porque dentro del territorio camboyano conocia un lugar no muy lejos donde podria cambiar nuestro dinero para despues desplazarse a otra oficina donde se encontraban fisicamente los visados y despues del pago oportuno regresaria a donde nos hallabamos con nuestros pasaportes, visados y el cambio de los cincuenta euros. O eso le entendimos, que habia que echarle imaginacion y tiempo. En todo caso, si hay algo que nos ha ensenyado el siglo XX es que los militares camboyanos son muy suyos para sus cosas, por lo que decidimos no contrariarle y nos quedamos en aquella cabanya con decoracion asiatico-austera fusionada con estilo 'programa de Jose Luis Moreno', mientras un enjambre de moscas revoloteaban tras nuestras orejas.
Veinte minutos mas tarde, y contra todo pronostico razonable, aquel hombre volvio con los pasaportes en regla y el cambio del dinero, ahorrandonos el tramite posterior, que por lo que comprobamos era mucho mas largo y tedioso.
Nuestro principal destino en Camboya era, por supuesto, Angkor. Un conjunto de templos tan solo comparable a las Piramides, la Muralla China, el Taj Mahal o Machu Picchu. Pero para llegar alli teniamos que atravesar una carretera de barro, piedras y baches solo comparable a las obras de Madrid, y el autobus que nos debia transportar hacia ya mucho que habia visto sus mejores dias (alrededor de la Segunda Republica, los veria). De hecho, no tenia siquiera un espacio para el equipaje, por lo que uno de aquellos rudos jemeres iba metiendo nuestras mochilas por la ventana mientras otro las reubicaba al final del vehiculo. Como no cesaba de subir gente al autobus y alli ya iba faltando espacio, me ofreci a sustituir al operario de dentro y fui colocando estrategicamente todas las mochilas en la parte de atras, de manera que una vez que el autobus estuvo completo y arranco, recolocamos Isra y yo el equipaje para poder ir tumbados durante las casi las siete horas que tardo en cubrir la distancia de doscientos cincuenta kilometros. Como unos reyes.
Los templos de Angkor son realmente impresionantes. Enormes construcciones comidas en parte por la selva que desafian al tiempo aunque alguno de ellos pierde la apuesta y se encuentra en claro estado de deterioro. Llegamos antes del amanecer y vimos salir el sol completamente solos en uno de los templos. Para mi es una de las maravillas del mundo.

Nuestro siguiente destino ha sido Phnom Penh, capital de Camboya. Nos alojamos en el humilde Hotel Indochina, situado frente al rio y en la zona mas europea, con construcciones francesas de estilo colonial. Una zona muy bonita que esconde en parte la autentica realidad esa ciudad, con casas de madera desvencijada, mutilados de los jemeres rojos mendigando y mucha miseria. El Palacio es muy vistoso y tiene una pagoda con el suelo de plata, pero fuera de sus muros hay demasiados ninyos durmiendo en la calle.